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Género, política y clase

31 agosto 2017

Esta es una entrada que tengo congelada hace tiempo precisamente porque tengo tantas cosas por decir aquí, que no encontraba la forma de hilarlas todas. Pues bien, me atreveré a hacerlo sin la absoluta certeza de que el ejercicio tenga un buen resultado.

Hace más de ocho años milito en el Partido Liberal Colombiano, es una realidad que a muchos les parece absolutamente contradictoria. He escuchado y aceptado críticas y argumentos de todo tipo. Inicialmente empecé solo como militante, apoyando la campaña del directorio político del que formo parte en contra de la corrupción. Que, hay que decirlo, hoy que es tan famosa la palabrita, se nos olvida que a quienes han defendido esa lucha en la ciudad y el país, les han amenazado o asesinado en la mayor soledad e impunidad. A la oficina donde trabaja el Concejal Bernardo Alejandro Guerra, por ejemplo, han llegado novenas y otro tipo de detallitos nada cariñosos cuando ha denunciado a ciertos personajes.

La maternidad y todas sus exigencias ayudó a que me enfocara más en otras prioridades, pero con la lucha que tuve que hacer para que se me pagara mi licencia de maternidad vinieron algunas reflexiones, con la maternidad misma otras, con el fin del puerperio, otras, luego, con la separación, llegaron más, y poco a poco me fuí haciendo feminista.

El primer sesgo que tuve que romper fue el entender qué era feminismo, o los feminismos. En este mismo blog y en otras redes sociales años atrás escribí cosas sobre el tema que partían de la desinformación, de lo que uno termina asumiendo sobre términos como anarquismo, feminismo, igualdad o equidad… Todos parte de una campaña de desinformación que fácilmente aceptamos sin ningún criterio.

Como Liberal, y muy paradójicamente, si bien el Partido dice en sus estatutos ser socialdemócrata (con todas las implicaciones económicas que esto tiene, sobre todo el rechazar el neoliberalismo y toda forma agresiva de capitalismo, considerando un estado que vele por la justicia social y la autonomía de los individuos y los pueblos, las mujeres, negritudes, lgbti, obreros, jóvenes…), pocas veces me había topado dentro de este con alguien que defendiera los derechos de las mujeres con un enfoque de género, entendiendo ciertas bases teóricas, con las que desde la política partidista se ha trabajado más bien poco.

Lamentablemente, todo lo que había visto había sido más bien desde la academia; y en la academia, tal y como yo lo siento, está el problema de que falta divulgación científica hacia quienes ostentan y ejercen el poder en los países (aunque hay organizaciones y personas que han hecho un trabajo extraordinario en ese sentido). En que falta “bajar” el lenguaje académico al punto de poder llevarlo hasta barrios, veredas y corregimientos con el fin de conducir no solo a la movilización ciudadana, sino a la formación y elección de liderazgos comprometidos con cambiar la historia.

Ser madre de una mujer me ha llevado a reflexionar sobre distintos asuntos de género, crianza y educación, y también a entender que hay “fallas” estructurales desde la primera infancia que conducen a cierta uniformidad y normalización de distintas conductas humanas (incluyendo las violencias), y que no son precisamente fallas, sino parte del sistema. He  intentado coordinar con un grupo de personas la realización de la primera escuela libre de Medellín, pero nuestro camino, con avances y tropiezos, me ha permitido entender que transformar el aparato educativo que existe, para que una persona reciba una educación “alternativa”, tiene inmensos sesgos de clase, que desfavorece y segrega, y aún más a las mujeres (y niñas); por lo que estas brechas solo pueden romperse con un claro compromiso con la pedagogía popular, libertaria, no segregadora.

La educación que recibimos (por todos los medios) tiene efectos en como hoy se participa en política, el hecho de que muchas personas hagan política buscando solo el beneficio personal (y el desinterés de muchos otros por temas que afectan su vida y la de sus comunidades), por ejemplo; pero este problema no solo se ve en los llamados partidos tradicionales. Muchos de los personajes que hoy se abren camino en la política por firmas o por otros partidos no se escapan de esa búsqueda individualista tan susceptible a la corrupción. El Partido Liberal no ha sido la excepción de estos individualismos. Por ejemplo, de la mano de Rafael Pardo en 2011 fueron cambiados los estatutos a su antojo (con la excusa de tener que adaptarlos a la ley 1475 de 2011, a pesar de que en los mismos estatutos era claro que la única autoridad para cambiarlos era el Congreso Nacional Liberal; todos estos sucesos se explican más claramente aquí).

En ese contexto nació la Juventud Liberal Socialdemócrata, movimiento al cual pertenecí como parte de su Comité Ideológico, desde allí expresamos nuestro desacuerdo con ese proceder antidemocrático, pero fue una lucha que, hay que decirlo, se fue quedando poco a poco con menos personas, muchas personas valiosas renunciaron al Partido, y otros cedieron a los ofrecimientos de beneficios personales.

2015 fue un año bien particular; sobre todo por el fallo que se dió desde el Consejo de Estado obligando al Partido a volver a sus estatutos aprobados por más de dos millones de personas, los estatutos que veníamos defendiendo desde 2011 con la Juventud Liberal Socialdemócrata. Volver a esos estatutos, tal y como reposa en la sentencia, tiene bastantes implicaciones, pues parte de lo que se había logrado con las nuevas reformas era parlamentarizar el partido, eliminar los directorios territoriales, y quitar participación a las organizaciones de base: campesinas, obreras, sindicales, de negritudes, de LGBTI, entre otras. El Partido, con diferentes argucias jurídicas, intentó dilatar el cumplimiento de la sentencia, interpretarla a su amaño y a la fecha aún lo sigue haciendo en ciertos detalles como bien se explica aquí.

Durante la campaña de 2016 del plebiscito critiqué profundamente que desde la Organización de Mujeres del Partido, no se publicara abiertamente una postura contra la campaña desinformativa en torno a una llamada “ideología de género”, ni contra el referendo que una congresista liberal promulgaba contra la adopción por parte de personas LGBTI y madres solteras. Abiertamente el Partido decía estar comprometido con la paz, pero hoy, que sabemos que esos hechos influyeron bastante  en un país que aún es muy conservador; y simplemente no pueden negar la responsabilidad que hubo en ese sentido. Fue así como a los pocos días del triunfo del “NO” decidí renunciar, ante el sentimiento de indignación por la forma en que a conveniencia se manoseaba la ideología y los estatutos, y también las imágenes y la memoria de hombres y mujeres liberales que habían logrado grandes hazañas, y en un momento tan determinante para manifestar una posición, se guardaba silencio.

Pero a inicios de este año hubo dos eventos que me obligaron a reflexionar: la separación con la pareja de ese entonces, el proceso de conciliación (que me llevó a muchas reflexiones sobre la forma en que algunas instituciones y leyes son machistas, conservadoras y victimizantes) y un nuevo proceso de elecciones internas para realizar el Congreso Nacional Liberal que se había suspendido -con justa causa- el año pasado.

Pensar en tantas personas liberales que han defendido grandes cosas a lo largo de más de 160 años de historia me causaba cierta tristeza, si bien es cierto que con justa causa los partidos políticos, sobre todo el Liberal y el Conservador han perdido inmensa credibilidad -basta ver hoy la cantidad de candidatos que van por firmas, sin ningún partido-, dejar el Partido a merced de neoliberales que usaran a diestra y la memoria de tantos y tantas líderes no me parecía justo, ni con las personas “de a pie” que aún creen en el Partido (incluso esas que sobrevivieron a pájaros y chulavitas, que vieron morir parientes por defender sus ideales o sus propias vidas corrieron gran peligro por ello), ni con la memoria de estos y estas líderes… Y mucho menos con aquellas personas que creen en la democracia, la justicia social, en los derechos humanos, pero no encuentran en la política una alternativa con bases ideológicas y coherencia en la práctica.

Suena esto bastante pretencioso de mi parte, pero lo cierto es que tomé la determinación de actuar, de volver, de no ser más una militante solamente, sino pasar a ocupar y participar en diferentes espacios, aunque ello implicare someterse a una institucionalidad con la que no se está de acuerdo en los hechos que van en contravía con las tesis aprobadas por más de dos millones de personas, aunque ello de alguna manera lo usen para legitimar su proceder. Asumí el compromiso de empezar un trabajo político serio, con bases ideológicas y académicas, y sí, desde el Partido, porque pienso que las transformaciones y propuestas desde la academia y otros espacios no han sido suficiente.

Como mujer y madre que creció en las periferias de la ciudad de Medellín, pero que hoy reside en un sector clase media de la ciudad y aún así siente las presiones económicas por decidir dedicarse a la crianza de su hija (pero también decidir  graduarse, o hacer muchas otras cosas que también le apasionan), por la convicción personal de que la niñez está creciendo muy solitaria y alejada de sus padres, de que estamos también maternando muy en soledad, descubriendo las diferentes desigualdades de género que nos marginan de participar más activamente en la esfera pública, entendiendo que para poder hacer política, academia, trabajar o cualquier otra cosa, las mujeres (y también la comunidad LGBTI) actualmente debemos hacer un esfuerzo mayor que nuestros compañeros hombres, y que eso no es justo.

Entendiendo también que hombres y mujeres son víctimas de la violencia machista, pero que la precarización de la vida (¡quién creyera, si vivimos hablando del progreso y desarrollo!) se ha dirigido de manera particularmente violenta hacia las mujeres y LGBTI. Entendiendo que la natalidad debe ser una decisión y responsabilidad de pareja, pero sobre todo, que la mujer (y algunos trans), quien lleva en su cuerpo la gestación, en quien ocurre el proceso de parto, quien puede amamantar, debería poder tomar de manera informada cualquier decisión sobre su cuerpo y su vida, y que esa decisión sea respetada sin ejercer ningún tipo de violencias, ni obligar a parir un hijo no deseado, ni cometer violencia obstétrica, ni la violencia laboral discriminatoria para las mujeres, y sobre todo para muchas madres; entre otras. Que desde la política debería trabajarse para que participar en la esfera pública no implique para las mujeres un esfuerzo extra, es decir, que haya mejores estrategias de conciliación laboral, de distribución de las labores domésticas y de cuidado, entre otros.

Entendiendo también que los discursos de sororidad, empoderamiento y participación política de las mujeres se quedan cortos cuando no van encaminados con acciones reales y agenda propia para transformar las brechas que aún existen, y que a veces no vemos precisamente por poseer ciertos privilegios de educación y clase que no todas las personas tienen. Que no podemos conformarnos con los pañitos de agua tibia que a veces nos brindan.

Entendiendo todo esto, y otras cosas más, comprende uno también que es necesario actuar, movilizar y participar, haciendo, sí, ese “esfuerzo extra”, y también con la alegría de encontrarse en el camino mujeres y hombres solidarios con estas causas; con la convicción y la pretensión de formar parte de un proceso político de cambio real y efectivo en pro de la justicia social.

Cuando uno tiene ciertos privilegios de clase y no ha conocido contextos por fuera de ellos, le es difícil entender que muchas mujeres, por ejemplo, mueren por ser la novia de, la mamá de o la hija de, a pesar de no estar involucradas en la guerra, que mueren baleadas, pero también descuartizadas y desmembradas. Que en un alto porcentaje mueren a manos de personas conocidas, principalmente exparejas, lo que también resulta ser un mensaje a las demás mujeres: no deje al suyo porque mire lo que le pasó a la otra.

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Imagen cortesía: Pictoline.

Cuando uno tiene ciertos privilegios de clase (y de raza, porque el racismo aún existe, sin contar otros privilegios que también se dan), paradójicamente, le es difícil entender por qué tan pocas mujeres participan en política, o en la investigación académica científica, en la literatura, entre otros. Y no, no es un discurso autovictimizante, como se escucha a modo de crítica en muchos espacios: claro que hay muchas mujeres que vencen todas las barreras posibles y se destacan en diversas áreas, claro que somos seres absolutamente capaces, pero eso no quita el poco esfuerzo que estamos haciendo por que esas barreras disminuyan y el hecho de que aún existen; de que la llamada liberación femenina (blanca) lo que logró para muchas mujeres fue duplicarles el trabajo y la carga mental.

El camino es largo, y creo que es necesario que se den avances tanto desde fuera de las instituciones como desde adentro de ellas. Quizás no logre uno cambiar el mundo, pero si aportar su granito de arena por un mundo más justo (también hacia todas las formas de vida).

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