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El derecho a sentir

2 julio 2017

“Para que se conserve la alegría en la vida son necesarias las llagas”.
Fernando González – Pensamientos de un viejo.

Debo confesarlo, cada que escucho de coaching lo siento como una patada en los ovarios. No es -para mí- más que un reencacuche de la ya trillada -aunque siempre muy consumida- autoayuda, que termina generalmente con frases, también trilladas, del tipo: sal de tu zona de confort, algún vídeo sensiblero, un discurso para hacerte sentir que es poco lo que estás haciendo con tu vida, que si estás triste es porque no estás viendo ese sol brillante y bonito allá afuera y todas las bendiciones que recibes a diario (y hay gente a la que le sirve, y es válido, pero imponérselo a cualquiera, es un irrespeto y es violencia).

Todo este discurso termina, sobre todo en ambientes empresariales, en un mandato sutil hacia la uniformidad, que no es otra cosa que una manera sencilla de ejercer poder y control. Precisamente es en esos ambientes donde más se invierte en este tipo de actividades.

Este vídeo que compartía en un post anterior resume de manera perfecta por qué esto es nocivo desde el manejo de la tristeza:

Pero allí no se detiene todo, pues si la tristeza se ha asociado al fracaso, y se ha marginado socialmente sobre todo en círculos jóvenes y de emprendimiento, hablar de la ira o el odio es hablar de algo tabú, casi pecaminoso.

Es paradójico eso, porque mientras que desde las redes sociales muchos aprovechan cierto anonimato para destilar odio a diario, cuando ese anonimato desaparece, cuando son tus amigos quienes te ven, está socialmente impuesto solo compartir lo que genera felicidad, lo que te muestra feliz.

¿Qué obra habría pintado Van Gogh, o Kahlo, qué hubiese escrito Poe, Rimbaud, Verlaine, por solo mencionar algunos, si se les hubiese impuesto mostrar solo una faceta feliz al mundo? Yo misma, que bastante lejos estoy de las genialidades de ellos, admito que los escritos favoritos de mi autoría son esos que he hecho en un estado profundo de tristeza o rabia.

Si alguien te lastima profundamente no es tu deber amarlo al otro día, menos cuando esa persona nunca ha pedido disculpas por haber ocasionado esa herida, y NO, no está mal odiar, lo que está mal es fingir que se ama o se estima al otro mientras se le odia.

Y claro, es un sentimiento pasajero, pues el verdadero perdón es aceptar esa situación y ese aprendizaje, pero para esa aceptación es pertinente y necesario un duelo, como mínimo. También para dimensionar la alegría, es preciso poder medirla con una dosis de tristeza.

Claro que la vida tiene muchas cosas bellas, pero también tiene injusticias que apestan, y no está mal que nos molestemos por esas injusticias, de hecho, parte del problema de ese sistema de aceptación es la resignación que trae, es que esa “tolerancia a la frustración” se termina convirtiendo en una no acción ante las injusticias o las inequidades. Es preciso entender que la ira y la tristeza también pueden ser motores válidos para generar cambios que son positivos, estructurales.

Tras esta semana pesada, siento, desde lo más profundo de mi ser, que el mayor acto de honestidad hacia esa persona con la que hoy no comparto mi cama, fue decirle que esperaba algún día pensar y sentir que él no era una mala persona. En otras palabras, hacer un duelo y caminar con sus zapatos al menos un poco. Otro acto de sinceridad profunda fue, a pesar de todo, agradecerle todos estos aprendizajes.

Tuvieron que pasar casi 29 años para que yo sintiera en mi ser un odio profundo, visceral, como el que nunca había sentido. De ese mismo tamaño fue la herida, sin duda, herida que yo había visto abrirse poco a poco, pero quizás por esa misma convicción de buscar la felicidad, de agradecer lo bello, había ignorado. Hoy entiendo también que parte más dolorosa de la herida es esa que siento injusta hacia ella, no hacia mí.

También es cierto que ese ejercicio de diálogo, que por cuestiones de la vida hubo que hacer frente a frente, ayudó a abrir más la herida, pero también ayudó a hacerse un poco más consciente de ella, de empezar a realizar cambios en la vida para repararse y no repetir, de cuidarse y procurar rodearse de gente amorosa y amada. Todas esas heridas, curiosamente, son fichas de un rompecabezas que desconocemos por completo.

Cuenta Fernando González en el mismo libro citado al inicio de este post, justo después:

“Si eres púdico y no quieres ser despreciado, sigue este consejo: oculta tu llaga.

Jamás un triste compadeció a otro menos triste. En donde hay compasión hay superioridad. La compasión es sentimiento divino. Federico Nietzsche, a pesar de su penetración, la calumnió grandemente”.

Y es, un poco, a lo que hace alusión también Tolstoi en La muerte de Iván Illich, ese sentimiento de superioridad que genera el ver al otro sufriendo, moribundo o incluso muerto. Tal vez allí radica la principal razón por la cual las personas tienden a mostrar solo su felicidad y ocultar sus llagas. Quizás, todo esto, y en buena parte, porque hemos sigo educados en la competencia, quizás de allí derive todo, pero eso tiene que cambiar. Fingir que no existen, negar las llagas para si mismo, es necio, así como culparse por sentir odio, culparse por estar herido, o incluso mentalizarse de que no existe algo que está allí.

En síntesis:

Aquella gran montaña exige que se conserven a su lado las pequeñas. ¿Entiendes esa parábola? Nuestra alegría exige que se conserven las tristezas, pues de lo contrario ¿cómo medirla?!”

Y eso, mis queridos, es también nuestro derecho.

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