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Me time, y adios al puerperio

24 abril 2017

Gracias a Pandora supe que el postparto no se limitaba a los 40 días posteriores al parto. Recuerdo mucho su post “Adios al puerperio” (que hoy no existe, pero motiva parte del título de este escrito) en el que permitía vislumbrar que ese mar de hormonas extrañas que estaba navegando eran parte de un proceso completamente normal.

Hago el paréntesis de que ella, a decir verdad, es una mujer que me despierta mucha admiración, su forma de ser mamá, emprender y seguir en su propia búsqueda de ser y vivir la vida. Y fue ese el post que de algún modo hizo clic con mi sentir de ese momento, con las preguntas que invadían mi ser, sobre mí, sobre qué pasaba.

Tener la libido en la estratosfera era una de sus manifestaciones en mi, detestar ciertas caricias o contactos, y en otros momentos extrañar profundamente un trato más dulce, tierno, menos “apasionado”, quizás. ¿Cómo comunicar eso a la persona que amas sin hacerle sentir que es el tiempo que ha pasado, que ya no le deseas? creo que lo intenté miles de veces, creo también que esa persona fue profundamente comprensiva, y creo también que cuando uno termina tan angustiado con estos detalles, como yo llegué a estarlo, lo que puede terminar logrando es un completo desastre que termina lastimando al otro.

Mi adios al puerperio fue poder sentarme y entender que estaba en un momento diferente de mi vida, un momento en el que necesitaba saber si aún tenía a mi lado un compañero en todo el sentido de la palabra, si era posible sanar las heridas que mutuamente nos hicimos, lástima que al sentarse y pedirle al universo “señales”, las señales llegaran tan rápido.

Mi adios al puerperio ha sido también reencontrarme con la música, sacar de mi cuerpo, de donde no hay energías, el “aguante” para sentarme horas de noche, luego de que mi pequeña duerme, a leer, a escuchar música, a escribir, a estudiar, a trabajarle a los otros proyectos y sueños. Esto sonará un poco consumista, pero ha sido también la necesidad, el querer botar medio clóset, aunque este aún no tenga reemplazo cercano (por cierto, busco trabajo).

Y sí, es que la maternidad, esa que he decidido vivir, absorbe: absorbe un montón sobre todo cuando tu tribu está más en un chat, grupos y blogs que en carne y hueso (sin dejar de agradecer eso, y también a la tribu que ha estado un poco más presencialmente), cuando gastás toda tu energía emocional maternando, pero no hay quien te materne a vos, absorbe cuando se supone debes ser mamá, pero a la vez ama de casa, a la vez hacer una tesis, manejar la economía doméstica, seguir siendo hija, hermana y pareja, además de parte de la familia extensa (que incluye la familia de la pareja, cuyas costumbres y forma de ser pueden ser bastante diferentes). Creo que terminé poniendo tanto peso sobre mis hombros que finalmente mi espalda estaba literalmente reventando, y si no era mi salud, era la de la pequeña la que se afectaba.

Cuando digo que la maternidad puede ser mucho más placentera que lo que nuestra sociedad la pinta lo digo muy en serio, porque no es culpa de la maternidad que las mujeres acarreemos con tantas cosas, sino de la forma en que está configurada nuestra sociedad, y la aceptación que terminamos teniendo con ella. Lo digo porque siento que la mía, aún en medio de todo esto que menciono (y de sus dificultades como tal, de los retos de la crianza, que no pretendo aminorar de ninguna manera), ha sido placentera, sentida, vivida, ha sido un poderoso y continuo aprendizaje transformador, y también sanador.

Creo también que mi ser no se ha opacado por ser madre, he podido participar en muchos espacios que he querido, sobre todo académicos, he trabajado, estudiado, compartido conocimientos, he aprendido junto a mi pequeña, y sobre todo de ella. Pero salir del puerperio fue también dejarme de reconocer en el espejo, fue dejar de verme en esas camisas amplias y esa cara de agotamiento, ha sido dejar de reconocerme en esa figura sedentaria y flacida, en esa pierna (fracturada) descuidada con la que a ratos cuesta caminar… Ya sé que suena extraño decir que no me he sentido opacada y a la vez mencionar cosas como estas, pero así lo siento.

Con el fin del puerperio ha aparecido también ese (only) “me time” que, si bien he tenido antes (durante el puerperio), ha sido en momentos tan pequeños que podría decirse que ha sido nulo. Siento que ese reencuentro con cosas de mi vida que postergué pero no dejaron de gustarme, que no dejaron de ser parte de mi, ha sido algo que me ha ayudado a pasar los días difíciles. ¿Podré volver a ser la misma que antes de ser mamá? la verdad no me interesa serlo. Hoy me siento una mujer nueva, una mujer quizás en esencia similar a la que fuí antes de ser madre, recién siendo madre, y ahora, pero que ha cambiado ciertos detalles en cada etapa. Una mujer que se ha reconstruido y redefinido, que se sigue redefiniendo, que también va encontrando cosas que sanar, aprender, vivir, sentir.

Y aquí hago la aclaración, ese “me time” no es tampoco la necesidad impuesta desde afuera de “triunfar” en el mundo competitivo y capitalista para poder ser una madre admirada. No. Ese “me time” no es el “no querer perderme demasiado en la maternidad” como bien lo explican acá:

“No es bueno perderse en la maternidad” repiten algunos, pero ¿perder qué? ¿la identidad? Mi definición de “quien soy yo” ha cambiado muchas veces. Cambió de niña a adolescente, de adolescente a adulta joven, de mujer soltera a casada, ¡por supuesto que eso no se llama perderse, se llama redefinirse! En la naturaleza llevan las de ganar los que mejor se adaptan al cambio, no los que se quedan estáticos. Y si realmente se tratase de una pérdida, con gusto dejo perdida a la que yo era antes de ser mamá, a esa que se preocupaba por cosas banales y sin sentido. Con gusto me consumo por completo en el calorcito de mi hija cuando se me duerme encima, y cambio los días de andar con el bolso lleno de maquillaje por días de andar el corazón lleno de amor.

El engaño de la súper mamá.

Ya he dicho que no quiero ser una madre superwomen, y que no creo que  la maternidad como tal nos “relegue”. Pero hoy siento que tengo la perspectiva suficiente para entender que hay cosas que puedo soltar, o ir soltando, sin sentirme culpable por ello.

Dos años y casi cinco meses terminó durando ese período que muchos creen que se limita a cuarenta días. Hoy, dos años y medio después de iniciar este viaje, lo agradezco y me sonrío.

 

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