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Dignidad y amor

14 abril 2017

Existe una delgada línea entre el orgullo y la dignidad, entre ser orgulloso, entiéndase esto como ceder a una trampa del ego, ser intransigente… Y el no traspasar límites que afectan su integridad y respeto como persona, no solo física sino y sobre todo moralmente.

Para Concepción Arenal, la dignidad es “el respeto que una persona tiene de sí misma, y quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable a sus ojos”, y creo que la palabra principal detrás de todo es esa: respeto.

Hoy me he dado cuenta con profundo dolor en mi corazón el por qué tantas, tantísimas mujeres aceptan matrimonios de años y años en los que son maltratadas e irrespetadas por sus parejas: se dicen a sí mismas “le paso estos cachos, porque ellos no pueden aguantarse”, “estos otros, porque estaba enojado conmigo”, “estos por los niños”, y así sucesivamente hasta que incluso viven en silencio enfermedades venéreas. Pueden ser infidelidades*, alcoholismo, puede ser violencia económica, psicológica, física, agresión sexual y muchas otras cosas que por pasar entre las paredes del hogar difícilmente hacen parte de las estadísticas.

Muchas de nuestras abuelas, bisabuelas y hasta madres no tuvieron acceso a la educación, y al dedicarse a labores del cuidado, que son nada más y nada menos que la razón por la cual se puede mover cualquier país en el mundo, se vieron en el dilema de seguir soportando injusticias o enfrentarse a una inestabilidad que, a fin de cuentas, no era culpa suya. Es decir: el otro rompe los platos y tú los pagas. Además, crecieron creyendo que soportar todo eso era lo correcto, era amor, y esta concepción del amor como sacrificio se mantiene también en las relaciones de pareja no matrimoniales, en los noviazgos y hasta en los amantazgos.

No es casual que con el aumento de la inserción laboral de las mujeres y el mayor acceso a la educación (aún ambos complicados, pero ese es otro tema) los matrimonios fueran durando cada vez más poco, eran mujeres con más herramientas para enfrentarse a esa inestabilidad que, a pesar de todo, seguía sin ser su culpa, sigue aún sin ser su culpa, pero por un error en el sistema deben cargar con ella.

A pesar de la mayor actividad laboral, y el mayor acceso a la educación, son realmente pocos los países que valoran desde sus gobiernos las labores de cuidado, no solo como un saludo a la bandera, sino como un principio solidario, que si bien se da sin esperar nada a cambio, tampoco debería ser fuente de pobreza o maltrato, como hoy lo es y significa para la inmensa mayoría de las mujeres madres. Tal vez por esta razón muchas feministas, con justa causa, ven en las labores de cuidado una fuente de opresión, pero la fuente del conflicto no está en cuidar en sí, sino en que la solidaridad no es un principio generalizado entre todas las partes.

Aunque claro, las labores de cuidado que hoy día ejercen de manera no remunerada y principalmente las mujeres, son labores que pueden realizarse de manera equitativa entre todas las personas, pero hoy día muchos no han sido educados para ejercerlas. Allí tenemos una deuda fundamental como sociedad.

Otro grande conflicto que enfrentamos las mujeres es nuestro ideal de amor romántico, que no es tan nuestro sino más bien inculcado generación tras generación con matices que nos afectan negativamente. Mientras nuestra formación emocional siga permitiendo que aceptemos el maltrato, la lucha por nuestros derechos será más difícil. Y es un ideal que, de hecho, no tiene mucho de amor ni de romántico, como bien dice @sandsuarez:

Dejen también de decir que el niño que empuja a la niña en el jardín está enamorado de ella, solo la está empujando, y eso está mal. Así se comienza a normalizar la violencia de género.

Claramente es un asunto de educación tanto para mujeres como para hombres, parte del asunto lo comenta Coral Herrera:

Los niños y adolescentes necesitan herramientas para gestionar sus emociones, y para aprender a relacionarse de un modo igualitario, en horizontal, sin jerarquías y sin esquemas de dominación ni sumisión. Necesitan mucho feminismo para aprender a ser seres autónomos que no dependan de su madre o de su novia, que no necesiten criadas, que no necesiten ser obedecidos. Necesitan amar y respetar la diversidad para que cualquiera de ellos puedan amar a otros hombres sin ser discriminados.

Necesitamos mucho feminismo en las escuelas para aprender a querernos bien, para amarnos más y mejor, para poder alejarnos del modelo tradicional del romanticismo patriarcal y sus paraísos imposibles.

Llegando aquí siento que debo hacer un paréntesis importante: en vista de la ola antifeminista que ha llegado a nuestro país –país que nunca ha sido fuertemente transformado por el feminismo, pero ante el solo intento ya tiene objeciones– y es que sí, el feminismo no es solo para nosotras las mujeres, el feminismo a la larga busca erradicar todas las inequidades de género, que sí es cierto que muchos hombres se suicidan  y que la razón de fondo es un estereotipo de género ante el cual la única salida es la muerte, pero también es inocente pretender que el activismo feminista busque acabar con todos los problemas de género de la noche a la mañana. Aún siendo un movimiento tan diverso, es lógico que se ocupe primero de cosas quizás para muchos sencillas, pero no menos trascendentales, como el hecho de que a muchas mujeres se les mate por ser su vida una inferior categoría, un “sexo débil”. Es lógico que las madres nos ocupemos primero de ampliar las licencias de maternidad que permitan pasar más tiempo primordial con nuestros hijos, o combatir la violencia obstétrica, a priorizar el denunciar los estereotipos de crianza que se supone deben ejercer los padres -y que les perjudica y nos perjudica a todos-. ¿Pueden los hombres usar las bases teóricas y políticas del feminismo para ir adelantando estas luchas? sin duda alguna; y es más útil esto a que se dediquen a “trollear” el naciente feminismo en nuestro país. No entraré en la polémica de si usar esas bases teóricas y políticas los hace o no feministas.

Y hablando de educación emocional, de lo que se nos enseña sobre el amor, vuelvo al primer párrafo… ¿A cuántas mujeres no se les dice que están siendo orgullosas cuando toman una decisión basada en su propia dignidad? cuando no es el clásico “¿no será más bien una crisis? …Perdónalo” aún cuando ni siquiera han escuchado la más mínima solicitud de perdón.

La dignidad de la persona se consolida y autorreconoce desde pequeños actos, desde decisiones aparentemente sencillas o por el contrario, radicales, y así mismo se aprende desde la primera infancia, absorbemos en nuestras mentes y sobre todo de nuestros padres el ideal de como es una relación de pareja, de qué es el amor, la ternura, la solidaridad y todo lo demás.

Pero pasa algo cuando hablamos de educación, y es que entendemos educación como algo que debe hacer un docente en un aula, o unos padres con sus hijos, y olvidamos que incluso las personas que no tienen hijos son responsables también de educar, entonces pasamos de largo cuando el debate llega a estas conclusiones, porque no damos importancia a nuestros actos individuales como de impacto educativo: impacta el comediante que usó jocosamente el tema de la violación consentida para hacer reír, impacta el periodista que dice que una mujer fue “víctima de un crímen pasional”, o los que dijeron que Yuliana Samboní fue “víctima de un psicópata”, impacta el policía que desoye nuestras denuncias de acoso, influye el trabajador social que le dice a la mujer “que no reclame más cuota, y agradezca que le dieron un nombre a su hijo”, impacta el ingeniero que prefiere ignorar las voces de sus compañeras mujeres, impacta aquel amigo en Facebook que se sintió muy chistoso al decir que era más delicada una falsa denuncia (solo el 3% de las denuncias que hacen las mujeres son falsas, por cierto) que el homicidio de una mujer en un centro comercial de Bogotá… Y así sucesivamente. Hablar de educación en la dignidad y el respeto es decir que ninguno de nosotros puede pasar de agache frente al tema.

Es hora de hacernos responsables de nuestros sentimientos, de dejar de ver el amor como ese sacrificio que hasta cantamos a grito herido. El amor es vida, el amor no vulnera la dignidad, y si vulnera la dignidad no es amor. Es hora de interiorizar esto, de guardarlo como un mantra, de trabajar en el amor propio, que es la base para poder amar a otros, y de educar en el amor que respeta, respetándonos, con dignidad.

———

* Tampoco estoy idealizando la monogamia, porque es una decisión personal que obedece más a la la cultura y el modelo de relación de pareja que se nos ha inculcado, pero incluso en las relaciones abiertas hay unos principios de respeto mínimo, que son irrenunciables no solo por salud mental, sino también por salud sexual, por el cuidado del cuerpo, y por dignidad.

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