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El valor de lo sencillo

26 enero 2017

“Cuenta la historia que Diógenes, el filósofo griego, se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba sobre la orilla del río, sobre la arena, tomando el sol desnudo… Era un hombre hermoso. Alejandro no podría creer la belleza y gracia del hombre que veía. Estaba maravillado y dijo:

-Señor -jamás había llamado señor a nadie en su vida- …Señor, me ha impresionado inmensamente. Me gustaría hacer algo por usted, ¿hay algo que pueda hacer?
Diógenes dijo: -Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol, esto es todo. No necesito nada más.
Alejandro contestó: -Si tengo una nueva oportunidad de regresar a la tierra, le pediré a Dios que no me convierta en Alejandro de nuevo, sino que me convierta en Diógenes.
Diógenes rió y dijo: -¿Quién te impide serlo ahora? ¿a dónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos ¿a dónde van, para qué?
Dijo Alejandro: -Voy a la India a conquistar el mundo entero:
-¿Y después qué vas a hacer?. Preguntó Diógenes.
Alejandro dijo: -después voy a descansar.
Diógenes se rió de nuevo y dijo: -Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo qué necesidad hay de hacerlo. Si al final quieres descansar y relajarte ¿Por qué no lo haces ahora? Y te digo: Si no descansas ahora, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en medio del camino, en medio del viaje.
Alejandro se lo agradeció y le dijo que lo recordaría, pero ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador, pero no le dio tiempo a descansar antes de morir”.
Tomado de: Nueva Acrópolis España.

Una de las creencias más comunes de las personas que no tienen hijos y gustan de ofender a quienes sí los tenemos es que somos unos irresponsables que están acabando con el mundo, muchos otros consideran tener hijos como un lujo que no pueden darse, o que, de dárselo, representa necesariamente cierto estatus social. De algún modo nos acostumbramos a un modo de vida consumista que piensa que por defecto hay que realizar una cantidad de gastos que son realmente prescindibles: dar compotas en vez de frutas, y así con montones de cosas desechables que van a engrosar las pilas de rellenos sanitarios.

Yo también caí, también compré cosas que a la par me dí cuenta de que eran innecesarias, pero afortunadamente no tardé mucho en darme cuenta de que otras opciones eran posibles, también gracias a la crianza que yo misma había recibido sabía que podía necesitar menos cosas de las que en el imaginario colectivo occidental se cree que se necesitan.

Pero esto no solo pasa en la crianza, y ahí está el error de quienes nos acusan: ¿cuántos cambian de celular más de una vez al año de cuenta de la obsolescencia programada? ¿y de pc, tablet, carro…? ¿pensarán acaso que sus múltiples accesorios dependen de la minería y del petróleo? Y es que así como una crianza puede resultar poco contaminante, una vida adulta puede contaminar más que familias enteras, y eso sin tocar temas como la tenencia de mascotas, hoy día hay mascotas para las que sus dueños consumen más de lo que consumen humanos y hasta familias en otros lados del mundo.

Hace dos años ví unas cifras espantosas: en un mundo de 7.000 millones de habitantes, que produce alimentos para 12.000 millones, 900 millones de seres humanos mueren de hambre. Deforestamos bosques, contaminamos ríos, acabamos con la vida silvestre con la excusa de que nuestra población lo necesita, pero realmente todo ese “progreso” no va a parar sino a una pequeña minoría, adivine cuál.

Pero más allá de hacer una defensa contra una idea errada que yo misma tuve, quisiera hacer una pequeña confesión, así como una declaración de voluntad. Empiezo por lo segundo: la voluntad de buscar necesitar cada vez menos, depender cada vez menos… Ninguna clase de economía familiar ha sido tan efectiva como dejar de trabajar, sí, y también de sacar callo, como todo lo relacionado con la crianza, que suele recibir críticas de los demás. Hoy día pienso un poco más no solo en la huella de carbono del producto que compro, sino también en su huella social, en si proviene de un comercio justo o si proviene de una fábrica que por ejemplo explota mujeres y niños y vulnera su salud. Falta mucho, es un proceso, hay avances y hay retrocesos (como fue volver a los pañales desechables luego de vivir sola con mi hija -sola literalmente- una diarrea prolongada usando pañales de tela… Al final no quería volver a verlos, porque además tenía muy pocos, lo que duplicaba el esfuerzo).

Y la pequeña confesión, en sintonía con lo anterior, es la liberación que sentí una vez que empecé el proceso de sentirme menos mal.

Cuando trabajaba, me sentía mal por estar lejos de mi hija, saber que lloraba horas interminables sin poder consolarla, y a la vez sentía ese placer de ser, al menos por unas horas, un ser pensante para otros, comunicarme con otros adultos y sentir menor agotamiento… Era como si trabajar me recargara las baterías para seguir la doble jornada en casa (solos mi pareja y yo en las noches, sin niñeras ni empleadas).

Trabajé desde que mi hija estaba por cumplir los dos meses de vida hasta un mes después de cumplir su primer año, luego de un posparto bastante pesado y solitario (la falta de “tribu” es uno de los grandes problemas de la sociedad occidental), pero a medida que mi hija crecía se hacía cada vez más difícil despedirse, con los ojos en lágrimas, retoque de maquillaje y corazón partido me dirigí muchas veces al que fue mi trabajo, en un ambiente que siempre sentí enrarecido luego de tener que poner un derecho de petición para asegurar mis condiciones laborales. Cuando terminó el contrato decidimos en familia que estaría con la pequeña, que en lo posible avanzaría a la tesis para reingresar y graduarme -ya imaginas lo fácil que es hacerlo con la demanda de un bebé, el mommy’s brain y hacer las veces de ama de casa-.

Tardé tiempo en asimilarme en condición de madre ama de casa y homeschooler, mi conciencia tranquila pero a la vez esa vocecilla de “debes trabajar, debes producir” seguía allí. Aún a ratos permanece, sea en mí o en seres cercanos, pero hoy entiendo que mi trabajo es igual o más valioso que ir a una empresa, y eso fue una primera liberación.

¿No vale acaso leer, actualizarse, educarse para dar una mejor crianza a nuestros hijos? ¿no vale acaso aprender a leer etiquetas desde el bloqueador solar hasta los productos “para bebé” -que son todo menos eso-? ¿no vale acaso cocinar platillos saludables y deliciosos? ¿no vale acaso aprender un poco de pedagogía para acompañarla en su desarrollo? ¿no vale acaso empezar a sanar para dar lo mejor de mí? ¿podrá cuantificarse acaso la importancia de que aún, a sus dos años, sea amamantada? E infinitos etcétera. Tristemente parte del problema del capitalismo es que menosprecia las labores no remuneradas de cuidado del otro.

Sé de espacios que cobran bastante dinero por intentar darle eso que yo, de hecho, doy a mi hija (generalmente con una ratio de niños mayor, que aumenta la dificultad para ejercer un buen cuidado): amor, un sitio cálido, buena alimentación, contacto con la naturaleza, estimular su aprendizaje y autonomía… Y justamente esa fue mi segunda liberación: ver jardines Waldorf hermosos en diferentes partes del mundo, ver habitaciones de ensueño, juguetes -o materiales de trabajo para quienes no ven el juego desde la biología- didácticos pero generalmente costosos… Me hacían sentir mal por no contar con dinero para acceder a sitios tan exclusivos como el colegio Isolda Echavarría y otros sitios Waldorf en las afueras de la ciudad. Y a la vez me despertaba esa incomodidad que me despierta siempre el saber que existen la inequidad y la injusticia, pues si bien los procesos no se reducen a que tengas una buena chequera, si se requiere tener capacidad de pago, lo que ciertamente segrega el público objetivo (y como bien me decía un amigo del alma que daba talleres en colegios públicos y privados: es claro que nuestro sistema educativo forma unas personas para mandar y otras para ser mandadas y esas últimas muy rara vez, por no decir que nunca, acceden a una “educación alternativa” desde lo institucional. ¿Quién tiene mayores necesidades de una educación “alternativa”? es tema que amerita otra entrada).

Empezamos a leer y a entender que en otros lados del mundo sí hay procesos “alternativos”, no autoritarios, respetuosos, amorosos, etc. e incluso sembramos el sueño de lograr algo así y que, adicionalmente, no segregara (sueño que se sigue nutriendo y buscando voluntades, por cierto).

Entendí y fue una liberación que -además de lo anterior, que no es poco- para cubrir los gastos de juguetes especiales, educación privada especial, entre otras cosas, tendría que trabajar, y que muy probablemente si ponía a mi pequeña a elegir, elegiría estar conmigo. También entendí que hay muchas cosas realmente sencillas (DIY, por ejemplo) e igual o más valiosas y que ella dirigiría el camino hacia ellas, y eso fue más que liberación, ¡eso fue la dicha!

Aunque hay recaídas, no lo niego.

Estar full time en casa con hijos no es tan fácil como algunas personas creen, por el contrario, en mi experiencia puedo decir que es muchísimo más difícil (y menos valorado) que trabajar en una empresa -he escuchado mamás que dicen que es re fácil, pero tienen niñera, empleada, guardería o una pareja multitasking-, pero en medio de todo ha sido un proceso satisfactorio para mí y siento que también para mi hija. Recortar gastos ha sido todo un proceso y aún hay muchas cosas de las que puedo prescindir (por ejemplo mi gasto hormiga de “mecato” que además no es bueno para la salud y usa aceite de palma por lo general), el norte es claro: amar, aprender, compartir con los seres amados, vivir la vida, terminar los estudios, educar, promover, cambiar, compartir.

Disfrutar del sol, del agua, de la lluvia, del fuego, del viento, de la vida, de despertar y ver a tu hija sonreír mientras sueña, por cliché nos dicen que vale la pena, pero de fondo nos enseñan a menospreciar todo eso, cada vez nuestro mundo feliz se parece más al de Huxley.

“Las prímulas y los paisajes, explicó, tienen un grave defecto: son gratuitos. El amor a la naturaleza no da quehacer a las fábricas”.
Aldous Huxley – Un mundo feliz.

Por eso hoy quisiera tener para la posteridad, para cada recaída, el recuerdo de esa anécdota de Diógenes, y también recordar que no soy la única, no como consuelo tonto, sino entendiendo que podemos unirnos.

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