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Navidad, educación y autoritarismo.

28 noviembre 2016

Existen dos tipos de padres (existen muchos, pero voy a hablar de dos específicamente): los padres que antes de nacer sus hijos ya saben en qué colegio y universidad estudiarán, cómo ejercerán la disciplina, a qué edad irá a la guardería y hasta cuál será su primer alimento complementario, y los que sobre la marcha vamos aprendiendo de nuestros hijos y tratando de decidir lo que es mejor para ellos acorde a nuestra forma de ver el mundo y su desarrollo -adquiriendo una visión crítica del entorno-.

Los primeros algunas veces se estrellan contra un hijo totalmente diferente a esa visión dulce e idealista que nos vendieron de la infancia, la reacción a veces es seguir a rajatabla -a pesar de sus hijos- lo que tenían planeado, otras veces pasan al segundo tipo.

Los del segundo tipo, por nuestra parte parte, también nos estrellamos contra el mundo: también llegamos a la paternidad con una visión idealista de la niñez y del deber ser de la crianza y aprendemos a cuestionarlo. Nos estrellamos cuando decimos “jamás siquiera le alzaré la voz” y de repente estás ahí, riñendo con tu hijo, y posteriormente sintiéndote como el peor monstruo de la historia y buscando ayuda -en libros, en psicólogos y en los maravillosos grupos de crianza- para poder entender un poco tu propia sombra.

Empezás a cuestionarte todas esas cosas del mundo en que viven que por defecto pensaste que eran buenas, sanas, ideales y de repente ves como chocan con ese ambiente de amor, respeto y libertad que querés brindarle a la criatura.

En el primer grupo de cosas que nos cuestionamos con nuestra pequeña fue el ponerle aretes y ropa rosada todo el tiempo, inscribirla en alguna religión (bautizo), usar o no un cochesito, dormir con ella, amamantar a demanda o cada tres horas como dijo la enfermera, celebrar las festividades locales, trabajar después de terminada la licencia (paupérrima) de maternidad colombiana, llevarla a la guardería, niñera o donde la abuela, qué tipo de juguetes usar, entre otros.

En algunas cosas decidimos hacer concesiones, ser flexibles con el entorno y dejar para luego la respectiva conversación con la pequeña: decidimos ponerle aretes luego de pensar a fondo (¿es acaso la mujer un ser imperfecto o incompleto en su femineidad que necesita aretes y vestido rosa para ser reconocida como tal? Cedimos con los aretes pero decidimos vestirla de diversos colores, y quizás cosas que ya he contado en entradas anteriores.

NAVIDAD

Dado que no somos católicos, participar o no de eventos y festividades religiosas y especialmente católicas nos puso a pensar, decidimos finalmente que nuestra pequeña no iba a vivir en una burbuja, y trataríamos de que conociera la diversidad de su entorno y a medida que creciera compartirle nuestra visión crítica del asunto y permitirle a los demás hacer lo respectivo. Este año pintamos bolas nuevas para el árbol, cosa que ella disfrutó mucho, y hemos pensado en detalles navideños que sean más simbólicos y cercanos que consumistas.

Pasó igual con halloween o sahmein, no nos negamos la oportunidad de disfrazarnos, salir y recibir dulces -aunque ella no probara ni uno-, fue bonito jugar a ser niños de nuevo, ver los disfraces, verla feliz entre tantos niños (he leído mil veces que socializan después, pero cada vez me convenzo más de que mi pequeña socializa y desde hace rato), interactuando con ellos, ¿será ella consciente de qué fecha es? Lo dudo, ¿importará entonces si es una tradición gringa o de otro lugar? Sigue importando, pero llegará también el momento de hablarlo.

La primera navidad de la pequeña no compramos nada, nada de nada. No decoramos la casa salvo por un cojín que nos regaló una amiga de la familia paterna, recibimos también un babero que decía “my 1st christmas” lo cual era algo emotivo -y objetivamente cierto-. La segunda ella empezaba a caminar, y experimentó con las bolas del árbol que luego entregó a los perros de mi hermano (que destrozaron algunas), y fueron fechas de compartir en familia, lo cual fue bien especial. Esta tercera navidad además de pintar bolas de icopor para el árbol de la abuela, pusimos unas luces económicas en la casa, fue un momento especial de compartir juntos mientras ella disfrutaba las luces… Quizás nunca me hubiese imaginado a mi misma en estas, disfrutándolo, pero es claro para mí que el significado es otro: es una excusa para compartir en familia un momento del año en que la gente suele estar feliz, en que la ciudad se llena de luces y yo disfruto las luces. No se trata de gastar el dinero que no tienes para quedar bien con personas que no te importan, tampoco de manipular el comportamiento de los niños para que pidan o reciban regalos, eso ni el dios en que los católicos creen lo hubiese aceptado.

EDUCACIÓN Y AUTORITARISMO

Volviendo al inicio de este escrito, hay concesiones que se hacen con la crianza, con los demás y con uno mismo (como hicimos nosotros con la navidad), quizás fue esa una de las primeras enseñanzas: ser flexible, aprendí a entender que yo cambiaba, que mi pareja cambiaba (je, en ese proceso sigo, eh) y que mi hija cambiaba… Y que estar en una rigidez permanente era de algún modo esclavizante. Aprender a ser flexible ha sido algo liberador y respecto a los hijos ayuda a elegir “qué batallas pelear” (que no es fácil, y a veces uno elige más de las necesarias): ¿quiere jugar con agua afuera? Bien, ya nos lavaremos luego ¿quiere saltar en la cama? Bien, estaré al lado para atajarle y que no se caiga ¿quiere jugar con el basurero del parque? Ni modo, es hora de explicarle que es peligroso.

Con la flexibilidad aprende también uno a preocuparse menos por los comentarios externos: ¿a alguien le molestó verla saltando en la cama? Si es algo que representa un riesgo real del que no me he percatado ya, vale, pero poco a poco me doy cuenta que hay algo que molesta más que los riesgos reales, y es el niño libre. El niño libre se ha convertido en una suerte de piedra en el zapato para muchos otros humanos, es como si le vieran y sintieran que les grita en la cara: SÍ, EN TU CARA.

Y es ahí que salta la consigna “ese niño necesita autoridad, disciplina”, que no es otra cosa que querer decir: “vamos, lo hiciste genial dándole amor y esas cosas, pero es hora de domesticar a ese pequeño salvaje”. Nadie realmente se pregunta si detrás de ese niño jugando en el parque bajo la lluvia hay al lado un padre responsable y consciente de lo que sucede, simplemente asumen de tajo que no lo es.

Pasa en el parque “oye, es peligroso que juegue en la hierba”, pasa si llueve y se moja: “esa bebé está muriendo de frío -y lo dicen a nuestros tropicales inviernos, de seguro-”, pasa cuando porteas “¿no se ahogará ahí?”, pasa si le das teta: “mamá -que es otro modo de los médicos infantilizarnos-, si le das teta luego será muy difícil destetarlo”. Cuando mi pequeña era recién nacida (ver escritos de ese entonces) pensé que era como un instinto colectivo de proteger al crío indefenso y por qué no, también al padre primerizo, pero ahora, que mi pequeña pasa los dos años, veo que no es un proteger al crío indefenso, sino un claro intento de normalización, endoculturación, domesticación, en el que al principio asumen que no sabes, y luego asumen que sabes pero que no te importa, y te dicen muy sutilmente que eres negligente.

A nadie se le ocurre pensar que sabes, que te importa -y mucho-, pero que piensas diferente (o que estás pasando por una situación específica por la cual decidiste hacer una pequeña concesión).

Y notablemente este proceso no solo pasa con la presión que se ejerce sobre los padres (que si están vulnerables se sentirán malos padres y cederán a la presión, aún en casos como obligar a que tu hijo deje el pañal sin estar preparado, casos que pueden tener terribles efectos secundarios), también, cuando la criatura está separada de su padre, sea por un cuidador que no respeta las decisiones familiares de los padres, o por una guardería que de tajo impone ciertas normas, pasa con los niños, todo esto también con sus consecuencias.

Por situaciones así es que cada día reafirmo más mi convicción de que un niño necesita una educación no autoritaria, amorosa, crítica, que se enfoque en la ayuda mutua, con un norte claro de libertad, pero libertad no entendida como el logro al pasar por encima del otro, que es una libertad de privilegiados, sino una libertad no segregadora, para todos, conseguida entre todos. Suena utópico, pero no lo es, y ya está pasando, no aquí, sino en otros lugares del mundo, pero está pasando.

Y es allí donde el tipo de educación que damos a nuestros hijos marca la diferencia: la vía rápida es castigar al chico si hace algo mal, la vía difícil es explicarle con paciencia una y otra vez las consecuencias de sus actos, la primera logrará seres obedientes a la autoridad (autoridad que no necesariamente son los padres, pues una vez inmersos en el sistema educativo público la autoridad se traslada al maestro que es una suerte de representante de los intereses el estado), la segunda logrará a largo plazo seres responsables.

Y ya que toco el tema del sistema educativo, vale pensar entonces que si un sistema educativo tradicional tiene ciertas características que no me atraen demasiado (imposición de una religión, verticalidad, preparación para trabajo asalariado, autoritarismo, entre otras), muchos de los sistemas conocidos como alternativos educan en la libertad, pero al revisar a fondo se encuentra que no son libertarios -y ni hablar de lo segregadores que pueden ser-. Quizás sea el tiempo de empezar a trabajar para lograr en colectivo esa educación que soñamos, esa educación transformadora, quiero soñar con que es posible.

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