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Cicatrices

20 septiembre 2016

Circula en las redes con frecuencia esa historia de la “carpintería de oro” o kintsugi, el arte japonés de reparar la cerámica dañada con resina y polvo de oro, plata u otros. Es el ejemplo que suelen poner para mostrar la forma en que se pueden resignificar las cicatrices en la vida.

En la maternidad pareciera existir algo especialmente urgente: recuperar el peso, no tener estrías, y que a fin de cuentas ni se note que eres la madre de la criatura que tienes en brazos. Y es ahí, en un momento en el que apenas llegamos al mundo, en el que ya vivimos la presión de que nuestras madres (nuestro primer ejemplo) pasen por encima de las cicatrices, se avergüencen de ellas y las eviten.

Mi vida corta pero agitada me ha traído consigo varias de ellas, desde esas físicas, las de niña, mi caída a los 18 que afectó mi sonrisa, mi cesárea a los 25, mi fractura de fémur a los 26 y la horrible cicatriz luego de la segunda cirugía (que aún me rasca) para empezar a extraer el material de osteosíntesis… Hasta esas del corazón: la amiga que se besó con quien yo me dí mi primer beso, los romances no correspondidos, las terminadas una y otra vez de aquel noviazgo, y la más difícil de todas, esa vez que ví la felicidad de ellos que se dió justo un día después de que habíamos terminado.

Para que fueran cicatrices todas tuvieron que pasar por un proceso de sanación, y hoy, a mis 27, aún cojeando, puedo decir que he sanado bastante.

El proceso de resignificación ha sido más complejo: ver cada cicatriz dejada por cada herida como un aprendizaje, y tal vez por eso las porto sin vergüenza, entendiendo que esa humana con cicatrices soy yo, y que cada una de ellas es parte de mi historia, de mi paso, pasajero, en este mundo.

Como madre siempre ví mi cesárea con agradecimiento, con ese cuerpo que había gestado vida y que se abrió enfrentándose a la muerte para traer al mundo a mi hija -aún cuando esa herida no sanó fácilmente-.

Por todo eso hoy simplemente quiero abrazar mi humanidad, y dar gracias a la vida por cada caída, cada herida, cada lágrima, cada cicatriz, y por las que vienen. También a las personas que han llegado, a las que se han ido y a las que me han perdonado y enseñado a perdonar.

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