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Una breve historia para el posconflicto en Medellín y receta para Julio sin Plástico.

11 julio 2016

Una breve historia para el posconflicto en Medellín.

Recuerdo que cuando se estaba organizando el año pasado un evento en el que trabajé una de las cosas que se conversaron fue si el hecho de hacer un foro sobre el posconflicto era pertinente o no. Sé que se organizó un espacio genial pero quizás por poca convocatoria la asistencia fue poca. Al final se decidió hablar mejor de paz, porque la palabra posconflicto es aún un poco polémica. Algunas personas consideran que el posconflicto aún no está ocurriendo. Por su parte ONG como Vivamos Humanos sí ha encontrado situaciones de posconflicto en el país, que cada vez se dan en mas territorios.

A raíz del artículo del portal Pacifista sobre los Comandos Armados del Pueblo tuve el recuerdo de como empezó la violencia en el barrio en que crecí, Barrio Nuevo (vereda La Loma de Medellín), recuerdo que cuando era niña todo era muy tranquilo, hasta que cuando estuve en la escuela -hace casi 20 años- empezó a ocurrir que las jovencitas del barrio empezaron a salir con chicos que no eran del barrio -y con no muy buena cara-, un día cualquiera, ya cuando yo estaba como en sexto en el colegio (hace un poco más de 15 años) llegamos y esa tarde se vió un tiroteo: resulta que los chicos eran de una banda denominada Los Zaros, decidieron hacer un almuerzo en la explanación (cerca al monte) y los chicos de otra banda del barrio La Ye los emboscaron, no sé cuantos muertos hubo, pero si recuerdo la escena de los heridos, sangre por todos lados y en especial la sangre de una chica que conocía y que recibió un disparo en la rodilla y quedó con esquirlas en toda su pierna.

Tiempo después jovencitos y mayores en el barrio empezaron a asistir a las reuniones de los milicianos, quienes les enseñaban a “prepararse” ante la amenaza de que el barrio se llenara de paramilitares. En realidad estaban preocupados, pedían colaboración a los vecinos e iban acumulando armas y aprendiendo a usarlas para la guerra que se avecinaba.

Para ese entonces zonas como Belencito ya vivían el fuerte azote de la violencia y la disputa territorial, las empresas de transporte hacían con frecuencia paros para protestar por las extorsiones que vivían, por lo que como estudiantes teníamos la opción de regresar desde el colegio (en San Javier) a pie o juntar nuestras monedas para pagar un taxi que no nos dijera “yo por allá no voy”.

Cierto día un vecino que ya hacía parte de las milicias le dijo a mi papá que tendría que prestar la casa para defender el barrio, él se negó y por fortuna pudimos estar al margen de todas esas situaciones.

Luego llegaron los dolorosos, porque era realmente doloroso regresar del colegio con el temor de bajar las escalas que comunican el barrio sin saber si se iba a iniciar una balacera. Los antes vecinos tranquilos ahora milicianos se enfrentaban ante los paramilitares que querían entrar al barrio, los vecinos especialmente los más jóvenes fueron usados como carne de cañón, varios de ellos murieron en las balaceras o fueron atrapados por los paramilitares. Una familia vivió en cuestión de días la muerte del hijo menor, la del hijo del medio, y el mayor que prestaba servicio militar tuvo que irse definitivamente. La del hijo menor se presentía, ese día su madre le dijo que llevara los documentos entre las medias, el hijo fue desaparecido por unos días y luego lo encontraron muerto, cerca al túnel de occidente si mi memoria no me falla.

No sé si lo torturaron, creería que sí.

La familia de los principales líderes del barrio tuvo que irse, ellos, que gestionaban con el INDER, que muchas veces amenizaron nuestra niñez con juegos y cometas, tuvieron que marcharse. La acusación, según me contó la hija de ellos, que estudiaba conmigo, era que escondían armas.

Salir de noche era un peligro, y llegar después de las 11 prácticamente imposible, además porque no había transporte que subiera a esa hora.

Las balaceras por las noches se veían por todo el monte, y uno realmente no sabía si era mejor dormir debajo de las camas.

SI me preguntan quién fue víctima diría que todos lo fueron (por no decir que fuimos) de algún modo: el temor, la sozobra, saber muerta casi toda una generación de jóvenes (y aquí un llamado a los estudios de género, casi todos los muertos fueron hombres, y realmente ser hombre era un peligro, con mi hermano, que vivió esa época su transición entre el bachillerato y la universidad, vivimos muchísima angustia, aunque en el fondo con la pequeña calma de que todos sabían que era un muchacho que no se metía con nadie), las madres que tuvieron que enterrar a sus hijos, padres, hermanos; los niños y jóvenes que no pudimos disfrutar tranquilamente del aire libre sin pensar en que en cualquier momento pasaba una balacera…

Ya lo que pasó después todo el mundo lo sabe, con la ayuda de la operación Orión los paramilitares establecieron su hegemonía en el territorio, y hasta el sol de hoy siguen siendo ellos quienes ejercen la autoridad, así roten los policías, así tengan CAI periférico (que hay denuncias que dicen que se los prestan) y las generaciones de niños que ví crecer hoy crecen en el círculo vicioso de la violencia (ese que ya describí en otro post, a raíz de la muerte del líder de la JAC de San Pedro en su casa, “visitado” por actores armados disfrazados del INDER, razón por la cual muchos procesos culturales que estaban nuevamente germinando se extinguieron), cualquiera sabe que con menos oportunidades, menos procesos culturales, y con la pobreza, estos niños y adolescentes son realmente vulnerables.

En lo personal, no comparto el concepto de Bacrim, porque si bien los paramilitares se supone que se desmovilizaron, realmente es esa estructura la que sigue ejerciendo autoridad en muchas zonas de la ciudad y del país.

Si el país quiere hablar de paz tendrá que dejar eufemismos como Bacrim, tendrá que llegar sin miedo y con toda su institucionalidad y oferta especialmente culturales a todos los rincones del país, más ludotecas, más parques, más deporte, más arte, más chirimía y banda musical, más hablar de agroecología como herramienta para la autonomía, seguridad alimentaria y reducir la pobreza. ¿Qué ha hecho la institucionalidad para que personas como El Aka puedan volver con seguridad a La Loma a sembrar y enseñar a sembrar?¿qué ha hecho la institucionalidad para que los niños puedan tener talleres con la Red de Artes Visuales y que los talleristas puedan ir sin miedo?  Esta es la hora en que han pasado siete años desde que escribí el post “Donde jugar en La Loma” para ConVerGentes y aún el barrio sigue sin parque para que los niños jueguen. Siete años, tres alcaldías.

Receta para Julio sin Plástico.

Este blog se une a la idea de sensibilizar con los desechos que producimos a diario. Alternativas hay muchas y en el blogroll está el blog Cualquier Cosita es Cariño realmente recomendado.

En lo personal, voy poco a poco aprendiendo a leer más las etiquetas, este mercado decidimos no comprar pan ante la cantidad de conservantes que vimos que tienen (además del plástico, desechable), también hacemos nuestro yogur en casa y los jugos son de fruta real, no de envases desechables, por poner algunos ejemplos.

También vamos poco a poco con nuestra huerta casera, a la que le falta mucho cariñito pero aún así vive.

Sobre el aseo el cambio ha sido radical, estamos experimentando con alternativas naturales para lavar los platos y la ropa y han funcionado, reemplazamos el suavizante por vinagre, estamos aprendiendo a hacer nuestro propio vinagre en casa y a pesar de tener una niña pequeña la comida que se va a la basura es realmente poca (y estamos a espera de un espacio más grande para tener una paca biodigestora y otras cositas).

Somos cada vez más conscientes del tema de la economía verde, por lo que no es nuestro sueño tener todo lo que se vea “verde”, procuramos siempre que podemos comprar local, y estar atentos a procesos agroecológicos como el que ha liderado Penca de Sábila con campesinos en San Cristóbal (yo llegué a asistir a reuniones de la RedAJIC) y en especial con la asociación campesina ACAB.

Vamos en camino a realizar nuestro propio jabón casero, sin pausa pero sin prisa hemos ido disfrutando del proceso de extracción de aceite de forma casera…

Necesita:

  • Cocos al gusto (que tengan buena agua, ni verdes ni viejos).
  • Licuadora.
  • Colador
  • Agua, olla y fogón.

Primero poner al fogón los cocos, así se desprende con facilidad su cáscara, luego separa el coco de la cáscara y lo parte en trozos pequeños (no muy pequeños), los mete a la licuadora con un poco de agua tibia, pasa por el colador y luego vuelve y con más agua tibia licúa nuevamente, luego cuela y esa leche de coco la pone al fogón, primero a fuego alto y cuando se empieza a reducir y a verse el aceite baja el fuego.

AL final debe quedarse solo el aceite y unos residuos de color café, el aceite lo puede depositar en un frasco de vidrio y los residuos de color café los puede poner en agua para hacer arroz de coco

Arroz de coco:

  • Dos tazas de agua por una taza de arroz
  • Una cucharada de sal y media de azúcar o sirope -no miel-.

Pone a hervir el agua en la olla con los residuos color café con una cucharadita de aceite de coco y tapada, agrega sal y azúcar y cuando hierva agrega el arroz, lo deja a fuego alto hasta que el agua empieza a secar y luego a fuego bajo, revuelve ocasionalmente y cuando el arroz esté seco disfrute.

Si el coco está viejo no sirve para hacer arroz de coco pero sí para aprovechar el aceite (no en cocina), el aceite de coco puede servir para muchas deliciosas recetas, para el cuidado de la piel y para elaborar jabones o shampoo veganos como la receta de aquí (entre muchos otros usos).

Así, con el coco pudiste tomar el agua, hacer arroz de coco y jabón, y si te animas, la cáscara te sirve de matera. Y como bonus, es mucho más fácil conseguir cocos colombianos, por lo que podés apoyar el comercio local y reducir la huella que implica la importación.

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