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La cocina, la inequidad y el feminismo.

23 junio 2016

El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.

No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.

El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.

No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Bertold Brecht

 

De un tiempo para acá he notado un factor común en muchos grupos que por una u otra razón he conocido en mi vida y es el desprecio a <<lo político>>, entendiendo esto casi como una enfermedad infectocontagiosa.

Aquí siempre recuerdo la frase que encabeza este post, no sin antes notar una desconexión también desde lo político y lo ideológico para nada casual, y en la que estas actitudes nada ayuda.

Sé de personas cuya lucha en lo político como mujeres se ha limitado a buscar puestos para las mujeres, son personas que no se si por apatía, por ignorancia o por conveniencia nunca hablan ni predican ninguna postura feminista, osea, es una lucha con forma y sin fondo.

Pero tampoco se les puede pedir mucho si desde donde se engendra el feminismo que yo llamo de a pie, ese que surge como una necesidad de defender nuestros derechos (por ejemplo como madres a tener un parto respetado, o licencias de maternidad más largas, etc) hay un profundo temor a ser catalogadas como feministas o como personas políticas.

Supongo que es normal en un país donde lo político se asocia con los peores vicios humanos: mentira, engaño, robo, corrupción, entre otros. Lo paradójico es que mientras mantengamos la barrera entre lo uno y lo otro, eso otro no va a cambiar. También pasa con el feminismo, que frecuentemente se asocia con su corriente más “mainstream” (en el post Mi ideal de feminismo explico esto)

Hoy por hoy no pienso que necesariamente la solución sea intentar arreglar las cosas desde adentro, no cuando el partido de Uribe Uribe y Gaitán corre peligro de perder su personería jurídica de cuenta de la negligencia de sus directivos (osea, deciden negar hasta las últimas consecuencias una lucha que jurídicamente perdieron). Hoy veo el anarquismo como una opción diferente a la que a todos el establecimiento nos ha vendido, pero considero importante que uno sepa que la gran mayoría de decisiones que toma tienen impactos desde lo político y lo económico. Por ejemplo la diferencia entre tomar Coca Cola y comprar fruta local, de cosecha, a un agricultor al que se le ha pagado lo justo por su trabajo (y porque no use pesticidas, por ejemplo), quizás la Coca Cola salga más económica, o la fruta importada, llena de pesticidas y que pagó a quién la cultivó una miseria. Decisiones.

Habiendo dicho esto, voy a la primera palabra que titula este post: Cocina.

Es increíble la cantidad de decisiones que van involucradas en algo tan aparentemente simple como cocinar para comer: desde los ingredientes de los productos (si son orgánicos, si tienen potenciales cancerígenos, si es alimento fresco o procesado, etc), su empaque (y la idea #zerowaste por ejemplo), hasta, si señoras y señores: quién lo cocina (y quién lava los platos).

En mi religión, por ejemplo, todo esto es hinokishin, un acto de agradecimiento a Dios, desde ofrendar a Dios los alimentos, desde ofrecerse para ayudar en la cocina u ofrecerse para ayudar a lavar los platos (ayuda mutua). En Colombia en la sede principal (Cali) lo podemos hacer hombres y mujeres (no sé cómo sea en Japón), y por cierto los hombres cocinan delicioso, la cocina es amplia y el lavado es en serie: una persona puede lavar los platos, al lado una persona puede enjuagarlos, y finalmente otra secarlos y ubicarlos en su puesto. Así lavar platos es divertido y no tarda nada (muy fordiana la cosa, pero con la compañía es muy amena).

Yo creo que gran parte de los conflictos que especialmente los Colombianos tenemos con la cocina es por la educación que tuvimos: generalmente es la misma persona que compra los alimentos quien debe presupuestar todo lo del hogar, además cocinar y lavar los platos. Esto es bastante inequitativo si el hogar se conforma por varias personas.

Para mí gran parte de mi odio a la cocina partió de ver que en mi casa los hombres nunca cocinaban, me daba rabia ver que a mí me llamaban para que fuera aprendiendo y nunca veía lo mismo con los hombres de la casa. Me reconcilié con la cocina cuando decidí hacerme vegetariana: allí vi que podía ser divertida, variada, experimental, además de saludable (y ambientalmente responsable).

Ahora años después veo con intriga a muchas feministas anticocina, que quizás no se dan cuenta de que no cocinar sus alimentos implica delegar esa responsabilidad a otras personas (como aquella feminista negra -no recuerdo su nombre- que hacía notar que la liberación de las blancas era a costa de seguir teniendo en su cocina mujeres negras que además cuidaran de  los hijos de las blancas). Cuando no es que tienen empleada, es que llenan su nevera de alimentos procesados, muchos importados sin preocuparse en lo más mínimo del costo ambiental (o peor aún, con comida rápida empacada en desechables que irán a engrosar nuestros rellenos sanitarios). Pues claro, eso de comer siempre en restaurante no es lo más rentable.

Allí recuerdo siempre mi religión por eso: las labores del hogar pueden ser más fáciles e incluso divertidas si se hacen en equipo (y eso que yo esta vez no pude ayudar tanto en la cocina como hubiese querido). A veces creemos que son una pérdida de tiempo, como si generar dinero fuera lo más importante en la vida.

Digo que me resulta un poco insólito este feminismo porque si bien la mujer no es quien deba estar al lado de la cocina día y noche por su género, lo cierto es que TODAS las personas deberíamos saber defendernos en la cocina, saber ayudar en las labores del hogar y hacerlo independientemente de lo que tengamos entre las piernas, véase como ayuda mutua, como norma de convivencia, como principio de supervivencia incluso. Y para eso debemos educar a hombres y mujeres a que sepan defenderse en las tareas del hogar, que son tareas de todos.

Y sí, amigo hombre, si usted está leyendo esto y tampoco cocina ni ayuda en las tareas de la casa, el mensaje también va para usted.

Aquí enlazo con la segunda palabra que titula este post, pues parte de las inequidades profundas de nuestra sociedad empiezan en casa, en creer que es menos persona quien lava un plato, en creer que es menos persona quien cocina o limpia, etc. En creer que somos menos si lo hacemos nosotros. Tanto que nos llenamos la boca hablando de igualdad pero no nos salimos de esos sesgos.

Colombia es un país profundamente elitista, lleno de inequidades, muchas de ellas como mencioné nacen en casa, en nuestro obrar del día a día: ¿pagaste por esa fruta en descuento para que un campesino trabajara horas mal pagas? ¿Compraste la fruta en cosecha o aquella que ni siquiera se produce en Colombia -si no es con mucho pesticida- ?¿pagaste lo justo a tu empleada -prestaciones, cesantías, prima, etc-?

Para una persona que ha vivido con cierto nivel de comodidades es posible ver que la inequidad existe, pero creo que le es difícil entenderla y dimensionarla. No es fácil entender que aquí en Medellín hay personas que viven sin servicios públicos, que ganan menos de un salario mínimo mensual (que son como 300 euros/mes) y que algunas viven como vivió Suso (QEPD) muchos años: con menos de $2.000 COP al día, que su cobertura en salud es el SISBEN (un sistema de clasificación para subsidiar personas con menos recursos, que nació durante el gobierno de Ernesto Samper).

Otra cosa que no es fácil entender es que la información a la que muchas personas accedemos por demasiados factores muchas veces no llega a personas con menos recursos, digo demasiados porque va desde la televisión, pasando por la prensa que no llega a todos los rincones, pasando por la educación, y hasta por la cercanía al centro y a centros que emiten esa información.

En el barrio muchas veces la lógica está en sobrevivir, para ello algunos se involucran en las dinámicas de la violencia, otros nos refugiamos en las bibliotecas así nos queden a media loma de distancia, pero sé y con tristeza que somos una rareza.

Hace poco una persona que estimo mucho me decía que cierta cifra (menos de un salario mínimo mensual) por el acompañamiento de dos doulas no era plata, y tiene razón, era una tarifa realmente económica, pero se hace no económica si para muchas personas eso es un lujo, y que para cubrir esa inversión (que no es gasto) debe dejar de comprar el mercado, por ejemplo. Y si eso es el acompañamiento emocional, ni hablar de lo lujoso que puede sonarle a una persona en esta situación un parto en casa con obstetra, piscina y otras cosas (o tener prepagada y afines) para no tener que atenerse al protocolo de la IPS por defecto.

Conociendo los niveles de desigualdad del país creo que en temas como ese la invitación más que a buscar personas que hagan ese bello trabajo de manera voluntaria -que las hay- para que alguien sin recursos pueda acceder a esos acompañamientos (porque además no darían abasto las voluntarias), las opciones que veo son dos:

-Unirnos para que sea una política de estado, para que los hospitales cambien sus protocolos por unos más propios del parto humanizado, para que en las facultades de medicina se enseñe algo acorde a lo que dice la OMS por ejemplo. Esto yo lo veo viable, pero a muuuuy largo plazo (por no decir que es utópico).

-La segunda opción, más anarquista, es liberar y compartir el conocimiento: ¿qué tal que cada mujer pudiera ser la doula de su vecina?, de manera libre, creo que con la ayuda mutua de muchas personas eso puede lograrse, así como hoy día se está dando desde la parte de huertos urbanos (no falta el que cobra, pero casi todo lo que uno ve de agricultura urbana, de intercambio de semillas, etc. es gratis). Lo otro fundamental es lograr llevar esta información a barrios más alejados de la centralidad.

Como anécdota les cuento que alguna vez leí que una persona que también admiro estaba haciendo unschooling y me ofrecí para compartir (gratis) lo que sé con su hija, y esta persona nunca me respondió.

No es la primera vez que me pasa, a varias personas les he ofrecido ayuda de manera voluntaria en otros aspectos y sin espera de retribución, la rechazan. De algún modo llegamos a pensar que toda actividad humana para el otro debe tener retribución, sea económica o en algo que pueda cuantificarse económicamente y que sea del mismo valor (en especie).

Quizás un primer paso para acabar con la desigualdad sea justamente ese: liberar el conocimiento y compartirlo desinteresadamente… Y hay un ejemplo claro en la cocina: ¡cuando compartimos recetas! ¿Qué comeríamos si todas las recetas tuviesen patentes,o si solo pudiéramos cocinar con el certificado de un curso, o si de forma gratuita solo pudiéramos saber tres recetas?

La información debe dejar de segregar, debe dejar de restringirse a quien tiene dinero para pagar por ella (o su valor en especie).

Ese es un gran reto del “feminismo de a pie”, lograr que el “empoderamiento” deje de ser asunto de pocas personas. No es que yo sea una mujer empoderada que busqué el acompañamiento de mi doula y tuve un parto humanizado gracias a mi poder femenino (por poner un ejemplo que he leído en muchas personas): detrás de eso está la educación que yo tuve, la información que pasó en mi contexto de vida, el tiempo del que yo dispuse (que si trabajas de sol a sol todos los días la cosa se dificulta), mi capacidad económica y demás. No es sólo cuestión de carácter, y es un poco violento siquiera insinuar que las personas que no acceden a estas posibilidades es por falta de carácter o empoderamiento.

Ah, y otro factor que no se me puede olvidar mencionar, es ese que hace que la palabra de médico sea como “palabra de Dios”, se llama biopoder y detrás de él hay una gran estructura organizada para normalizar y aconductar, en la que el estado es cómplice, por no decir que líder (de ahí que vea tan utópica la primera de las dos opciones que mencioné antes).

En esa palabra reside la explicación por la cual muchas madres no sienten que sus partos fueron no humanizados a pesar de que así fuera, en esa palabra reside la explicación de que no nos escandalice el alto índice de cesáreas, o que no nos escandalice que no pueda acompañarnos la pareja si no contamos con prepagada, en esa palabra reside la explicación de por qué aceptamos como verdad irrefutable que tenemos que programar cesárea cuando el médico dice que nuestra pelvis está muy estrecha para ese bebé (cosa que realmente ocurre en pocos casos). En esa palabra reside la explicación de por qué colechar nos parece malo y tantas lactancias fracasan por no colechar, y el que de noche nos sugieran darles agua en vez de teta (entre otras cosas).

Como ven, la cosa no es tan simple, pero tenemos el primer paso: ayuda mutua.

Nota: muchas personas que viven de compartir conocimientos pensarán que como igual vivimos en un contexto capitalista y debemos sobrevivir en él hay que cobrar, pero por ejemplo se puede informar lo básico y cobrar por ciertos valores agregados, como pasa con el porteo: en youtube hay miles de vídeos de DIY, de cómo portear, pero si te querés ahorrar el proceso podés comprar tu cargador y pagar una asesoría en porteo.

 

 

 

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