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Esas pequeñas soledades

11 mayo 2016

No sé si sea algo propio de la maternidad, o de mi forma de ser, o de mis condiciones actuales (que tener esta pierna fracturada no me facilita salir sola con la pequeña), pero lo cierto es que toda esta situación me ha llevado a una suerte de isla con mi pequeña.

Supongo que son decisiones y las asumo, he decidido estar con ella, disfruto estar con ella, y disfruto haber reducido mi jornada laboral a su mínima expresión, a pesar de las dificultades económicas que ello representa. Ni me arrepiento ni me avergüenzo, y enfatizo en esto último porque en los círculos (en los pocos) que había logrado sentir comodidad, ser madre es una labor marginal y muy mal vista.

Hoy, con mi compañero viviendo lejos desde hace casi un año, quisiera decir que odio a todos esos amigos que me han aislado. Que con palabras expresan compañía pero con actos expresan distancia. Hoy lloro y mi hija lo sabe y también llora, y de algún modo quisiera decir que odio al mundo que es indiferente a estos llantos solitarios.

Pero es una paradoja, no sé odiar, y quizás lo que odie -solo a ratos- es mi incapacidad de hacerlo.

No soy una mujer a la que le interesen profundamente las charlas “de chicas”, y extraño de forma descomunal ir a un bar de rock por la noche así sea tomando gaseosa o cerveza sin alcohol, o ir a un cineclub de noche, o a cualquier otra actividad cultural, llámese teatro, música o poesía.

Me ha dolido de forma descomunal las pocas veces que sé que amigos míos están divirtiéndose cerca y asumen que yo no puedo estar (aún en los momentos en que sí ha estado mi pareja y podría quedarse en casa con la pequeña).

A ella he intentado no sumergirla en mi soledad, pero salimos a parques casi sin niños (muchos en guardería) donde los pocos niños son razón de llanto sea porque le pegan, o porque no quieren jugar con ella ni compartir sus juguetes (pues ella tiene los suyos, pero prefiere los de los otros niños), o porque los padres no quieren que sus hijos se ensucien entonces les marginan el juego.

Sé que en la ciudad se realizan actividades de mamás, de otros niños, pero en nuestro caso la sola movilidad siempre resulta costosa -sin mencionar que muchas de esas actividades tienen costo-.

Estoy cansada de ver los mismos rostros, aunque obviamente agradezco la compañía de mi familia, y por supuesto de mi mejor amiga que por fortuna vive acá desde hace pocos meses, ha sido reconfortante poder tener conversaciones con alguien con quien comparto temas en común, conversaciones más allá de las bellas sílabas de mi pequeña…

Hace aproximadamente tres años aún estaba de duelo, mi situación académica estaba en un limbo cercano a la extinción, y mi aislamiento y depresión era también estar encerrada sin tener forma (en ese momento, porque ni trabajaba ni estudiaba) de salir. Saliendo de ese duelo me encontré a mi compañero, luego obtuve un trabajo y luego quedé en embarazo, luego nació la pequeña que me hizo madre, que me ha enseñado a ver la vida con otros ojos y que me ha servido de motor para levantarme de ese limbo.

No obstante sé y soy consciente de que no voy con la idea de que las mujeres nacemos para ser madres, o de que un hijo debe llenar todos los espacios de la vida de una mujer. Hay mujeres que así lo sienten y me parece muy válido, como hay mujeres que piensan todo lo contrario y también lo veo válido (desde que se aborde con respeto).

Es por eso que sé que también necesito mi espacio, mi sitio de abstracción, de desconectarme, de distraerme. Sé que cuando sane la pierna será más fácil salir, pero hoy mismo ni siquiera sé si de verdad sane mi pierna, si este dolor desaparezca algún día, y si tenga la fuerza suficiente para sacarle nuevamente el tiempo que necesita mi recuperación, una recuperación notablemente incierta. Desanimante.

Hoy por hoy siento que necesito aire libre, olor a noche, y que se me rompe el alma cada día que pasa sin disfrutar de ello.

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