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De cómo transmitimos el afecto

1 mayo 2016

A veces creo que gran parte de los problemas que surgen entre las personas se debe a que transmiten el afecto de maneras diferentes y esperan recibir afecto de la manera en que están acostumbrados a darlo… De hecho, no solo lo creo yo, esta observación llegó gracias a una persona especial que ojalá lea esto.

Esa persona me hizo notar que, por ejemplo, una de las formas en que yo doy y recibo amor es a través de la comida, pero hoy me he dado cuenta que hay otras formas más prioritarias para mí.

Con mi pequeña, tanto mi compañero como yo tenemos claro que la prioridad es el amor, que ella sepa que es un ser amado de manera sincera y profunda. Pero ayer, que por aquello del día del niño fuimos al Cerro El Volador a sembrar un árbol, evoqué ese momento en que con casi un mes de nacida llevamos a la pequeña a conocer ese lugar, sin importar que mi cesárea aún no hubiese sanado. Fue un esfuerzo realmente grande para ir con ella a algo tan aparentemente simple como sembrar un árbol (que el hueco ya estaba hecho), grande porque justo ahora parece que por fin está sanando mi pierna fracturada, lo que implica un dolor bastante alto.

Allí me dí cuenta que una prioridad para mí es transmitirle el amor por el universo en que vive, el amor por la lectura y por disfrutar el mundo desde la música, la lectura, el arte… ¡Y por darle muchos besos y abrazos!

Y de eso que recibes, das. Ella abraza sus juguetes y a las personas, les da comida, les mima en el baño, le gusta bailar en círculos, le gusta pintar con tizas, le gusta “leer” y que le lean, comparte generalmente sus juguetes o comida, le encanta la música y cantar, le gusta caminar sobre la tierra más que sobre el pavimento, le gusta mirar hacia el cielo que en los parques cercanos está tupido de árboles, también mira cuando hace viento, generalmente trata con afecto a las demás personas sean adultos o niños, y quizás por eso también me cuesta tantísimo explicarle que otros niños no tienen permiso de jugar con ella fuera del pavimento, o que no comparten sus juguetes, o que le den un golpe sin razón aparente (además que a mí también se me parte el corazón cuando eso pasa y me mira con sus ojitos de “mami, no entiendo”).

En la crianza no solo nos enfrentamos a nuestros propios fantasmas, también nos enfrentamos a las formas de dar amor de los otros, que terminan por querer imponer su forma de dar amor y considerar la de los demás inapropiada o propia de un mal padre. Para mí es suficiente que mi hija se alimente hasta saciarse, que tome pecho cuando desee, me es indiferente si está impecable o no, si tiene los juguetes más caros del mercado o no, si deja el pañal al año o a los tres años… No me importa si el médico dice que está en -1 de peso (porque ahí están casi todos los niños que toman teta, si no es -2 o más, y de hecho por eso en parte es que no son obesos de adultos), tampoco me importa si me dicen que tiene que comer 7 comidas al día, o dormir en otra habitación, o recibir “una cachetada a tiempo para que tenga disciplina”.

Si normalmente las personas somos juzgadas por nuestro modo de vida, con los hijos eso se multiplica a la n potencia (desde la familia, desde el biopoder a través de la medicina y desde la sociedad en general), porque todos quieren que criemos los hijos basados en sus propias formas de dar amor, o en lo que socialmente les han mostrado como correcto (o en lo que políticamente es conveniente que suceda, pero aquí nos llaman hippies conspiracionistas). Hay una fuerte presión de normalización y uno está entre dos caminos, en la posibilidad de respirar hondo y explicarse si hay oportunidad, o en la posibilidad de vivir en pelea con medio mundo. Yo, después de padecer la segunda alternativa, he decidido intentar la primera. Ya bastante pesada es la crianza como pasa sumarle vivir en pleitos.

Sé bien que no somos unos padres “comunes y corrientes”, yo misma no soy una mujer “común y corriente”. En nuestra casa no tenemos televisor, ni radio, ni nos hace falta: tenemos libros y acceso a Internet. Generalmente muchas verduras -que tratamos sean orgánicas-, ropa limpia aunque no perfectamente planchada y doblada. Yo paso más tiempo cocinando que el promedio de personas de mi generación por una parte porque me gusta, por otra parte porque evito comprar alimentos procesados “todo listo en tres minutos” llenos de conservantes e ingredientes nocivos, por otra parte porque me gusta la variedad y odio comer siempre lo mismo, y finalmente porque es más económico y saludable y así es la alimentación que quiero para mis seres queridos. Mientras muchos padres ven novelas o salen de fiesta nosotros leemos artículos de nuestro interés, o participamos de debates que fortalecen nuestros argumentos, o simplemente hablamos el uno con el otro a pesar de la distancia.

No es mi sueño trabajar tiempo completo pero tampoco es mi sueño dedicar mi día entero a la pequeña, que si bien tiene por ahora exclusividad en la mayor parte del día (especialmente los rituales de la mañana y noche), hay tiempo de leerle a los proyectos (¡y compartirlos porque se me da la gana!), tiempo de leerle al trabajo o a la tesis, y sí, tiempo para el ocio, que también es importante, y más ahora que por mi pierna y por el ritual de la noche (que dificulta dejar a la pequeña con otras personas) casi ni salgo.

Y sí, este post es un desahogo, aunque bien sé que no soy la única que vive una maternidad “diferente”.

Y sí, al final lo que más importa no es la forma en que reciben afecto, sino que efectivamente lo reciban, que sean seres que crecen en el amor. Eso a un niño se le nota.

 

 

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