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Cientificistas y problemas del “primer mundo”

12 marzo 2016

El peor analfabeto
es el analfabeto político.
No oye, no habla,
ni participa en los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida,
el precio del pan, del pescado, de la harina,
del alquiler, de los zapatos o las medicinas
dependen de las decisiones políticas.

El analfabeto político
es tan burro, que se enorgullece
e hincha el pecho diciendo
que odia la política.

No sabe, el imbécil, que,
de su ignorancia política
nace la prostituta,
el menor abandonado,
y el peor de todos los bandidos,
que es el político trapacero,
granuja, corrupto y servil
de las empresas nacionales
y multinacionales.

Bertold Brecht

Cada vez crece más una ola de cientificistas cuya mayor prioridad en la vida resulta ser burlarse de todos aquellos que no creen en la ciencia o en la medicina. Resalto eso de “creer” porque tristemente para muchos la ciencia ha terminado siendo un acto de fé, que racionalmente se defiende con artículos científicos y punto (porque ni la financiación pública o privada está dirigida a intereses, ni las revistas tienen intereses, ni los revisores, nadie).

Y eso no está del todo mal, la mayoría de las personas que nos metemos en el mundo de la ciencia lo hacemos de buena fé (es decir, con buenas intenciones), hemos visto como la calidad de vida ha mejorado en muchos aspectos gracias a avances científicos, pero nos hacemos los de la vista gorda con las malas aplicaciones de la ciencia (¿bomba atómica?¿dónde?), al fin y al cabo esos son asuntos políticos, y a la mayoría de los científicos (hago especial alusión a los de ciencias naturales y aplicadas, pero algunos de sociales, paradójicamente, no se salvan) les importa un bledo la cuestión esa de la política.

Y no debería ser así, cuando es día a día más evidente que algo en el sistema falla, cuando la ciencia no solo no ha logrado superar por sí misma las grandes brechas del mundo sino que muchos de los avances se han usado como armas de destrucción o para aumentar la inequidad.

Es graciosa la inocencia de muchos cientificistas que han hecho de hobby principal burlarse de los padres antivacunas, de los que recurren a la homeopatía, al veganismo, entre otros, no solo sin preguntarse el por qué esas personas no creen en la ciencia (cuando muchos de ellos lejos de ser fanáticos religiosos -porque la religión también está mal vista-) son personas bastante informadas, pero según ellos, mal informadas.

Digo inocentes porque la realidad mundial debería ser suficiente para entender que la ciencia no es algo desligado de la política, y que para hacer mejor ciencia necesitamos también mejores políticos, porque -para los que no se han dado cuenta aún-, son políticos quienes deciden cómo se administrará el dinero, incluyendo el de la ciencia.

No es de extrañar, por lo tanto, que en países como el nuestro se desfinancie y se margine la investigación social justo ad portas de un escenario de posacuerdo, mientras que se financia la investigación de la mano con privados, se estimula y sobrecalifican los grupos con patentes (¿qué carajos puede patentar un sociólogo, antropólogo, psicólogo, entre otros?), no es de extrañar que el grupo “Mamados de Colciencias” cada vez gane más miembros en Facebook (porque el sistema falla, pero sobreviven científicos con criterio). Tampoco es de extrañar que esa ciencia que se supone está presente en todos los estudios de impacto ambiental sirva de poco o nada para evitar los graves conflictos socioambientales que cada día aumentan en el país (empezando porque el estudio de impacto ambiental lo paga quien pretende hacer ese impacto ambiental).

Justificaría la inocencia de estos cientificistas si las grandes causas de problemas y muertes en el mundo fueran los niños sin vacunas, alimentados con dieta vegana o siguiendo medicinas alternativas, pero resulta que no, resulta que hay evidencia -también científica, qué cosas- de que algunas vacunas no funcionan tan bien como se espera, teniendo efectos secundarios, como la vacuna por VPH, resulta que millones de niños se están muriendo en la Guajira, no porque los papás sean unos irresponsables que tienen hijos que no pueden mantener (como lo quieren hacer ver ciertos childfree), sino porque de fondo hay un grave conflicto socioambiental, la desviación del río Ranchería, entre otros conflictos socioambientales.

Resulta que millones de niños siguen muriendo o siendo gravemente afectados a causa de enfermedades desatendidas, y se estima que por el cambio climático (con fuerte impacto antrópico) muchas de esas enfermedades aumenten, y el problema no está en el insecto, la bacteria, el protozoo, etc. NO. El problema de raíz está en la cantidad de daño que hacemos al planeta, en nuestros hábitos de consumo y en quienes están interesados en mantenerlos, muchas veces es un problema tan aparentemente simple (para nosotros, que la tenemos todos los días y no tenemos que caminar kilómetros por ella) como tener agua potable. Esto es un problema político.

También resulta que millones de niños mueren a diario por la violencia, y que esto también es un asunto político.

Además, resulta que millones de niños mueren a diario por desnutrición, son explotados laboralmente, sexualmente, pero para estos cientificistas “del primer mundo”, el problema es un niño con viruela, o de talla baja porque tiene dieta crudivegana.

Aquí mismo, en Colombia, resulta que de la mano de las multinacionales y empresas privadas se ha dado la mayor tragedia de contaminación de tierras y aguas, expropiación de tierras, megaproyectos mineros, energéticos, entre otros, todo esto también de la mano de grupos armados paramilitares, y como no, con aval científico.

No es conspiración decir que muchos tipos de vacunas y medicamentos con componentes que ya no se usan en otros lugares del mundo caen a países “tercermundistas” como el nuestro, con aval científico y de gobierno, porque son más baratos.

No es conspiración decir que falta vehemencia y por qué no activismo de la comunidad científica en tantos años años de “lucha antidroga” con despliegue de helicópteros con glifosato, entre otras perlas, y que limitarse a investigar durante años con una o dos especies no es suficiente.

No es conspiración decir que muchas madres prefieren parir en casa así tengan riesgos porque la violencia obstétrica es terrible.

No es conspiración decir que el grueso de la población se siente por razones como esas no solo abandonados sino también vulnerados por médicos y científicos, porque el grueso de la comunidad científica termina siendo idiota útil del gobierno tenido en cuenta solo cuando les interesa. Mientras tanto ellos, los científicistas invierten su precioso tiempo no en hacer activismo soñando algún día tener más independencia política, no en hacer activismo para que se financie la ciencia “por la ciencia” y no por la política (sin desconocer que el científico también es un ser político, pero sí conociendo que puede ser financiado o no según los intereses de gobierno), sino en aumentar esa brecha de distancia entre ellos y la población, “ignorante”, “acientífica”, “crédula”, “pseudocientífica”.

Hacen falta científicos conectados con la realidad política, y que los que ya lo están, hagan suficiente activismo para que sus investigaciones no se desfinancien, para que se divulguen, y para que transformen. Quizás así la ciencia vuelva a ganar respeto, más que convertirse en una imposición de poder (biopoder).

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