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Vivir la maternidad en el postdesarrollo

27 diciembre 2015

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Quizás suene un poco ambicioso el título de este post, pero luego de reflexionar un poco sobre un suceso cotidiano creo que este es el asunto con el que sufren muchos padres, el desarrollo.

Es una palabra que nos inculcan desde nuestro nacimiento -al menos acá en Colombia-, los padres deben llevarnos a crecimiento y desarrollo, y cabe decirlo, los padres estamos sometidos cada día a más presiones sobre los millones de formas “correctas” de criar según el criterio de cada cual.

No sé si lo dije en un post anterior, creo que sí, pero resulta abrumadora la forma en que todo el mundo sabe “a la perfección” como criar los hijos ajenos, aún cuando no se tiene hijos. Hay una presión fuertemente normalizadora, y cada persona que se sale de los estándares de ciertos grupos es un extraño y casi que un enemigo.

Y por supuesto, los padres confundidos llegan a mostrarle a todo el mundo y a esforzarse porque su hijo sea el mejor de todos -y porque todo el mundo quede claramente convencido de que así es-. Y hay algo que creo que hay que empezar a diferenciar, y es que una cosa es querer lo mejor para nuestros hijos, que es sano en sus justas proporciones, y otra muy diferente querer que el hijo sea el mejor de todos, que está más involucrado en el ámbito de la competitividad y el desarrollo.

Y aquí volvemos al cuento del crecimiento y desarrollo porque es en parte la patraña que se nos empieza a meter en la cabeza para forzar a nuestros hijos y compararlos con los otros. Pues los padres en este mundo capitalista y desarrollista no solo son forzados a compararse en comodidades económicas, sino también en las habilidades de sus hijos. ¿A qué edad aprendió a dormir “de un tirón”? ¿a qué edad gateó? ¿a qué edad caminó? ¿ya habla? ¡está como perezoso! el mío camina desde los 6, el mío habla desde los 8, el mío se toma la fórmula más cara porque la otra no le gusta, el mío es vegano, no vive de la sangre de otros animales, el mío nació en cesárea programada con eps prepagada y todo estaba perfectamente planeado, el mío nació por parto natural y pagamos varios millones para tener todas las comodidades… Son algunas de las conversaciones casuales de unos padres con otros. Algunos padres parecieran sentirse muy satisfechos de lograr que sus hijos sean como máquinas programadas, y encuentran obviamente bastante sustento científico para afirmar con toda convicción que esa es la forma correcta. Y del mismo modo en el sentido contrario.

Esa fuerza a comparar podrán creer muchos que es natural, que es normal, pero en realidad detrás de eso está ese engranaje sincronizado del capitalismo, y su discurso desarrollista buscando que los padres se sientan mal por cada supuesta carencia y consuman más.

He visto con pesar como en muchos grupos de pedagogías “alternativas” el impulso también es a consumir y comprar cosas -en mi criterio- absurdamente costosas, y debo confesar que para mí la cosa es simple: el tiempo es lo más valioso que podés darle a un hijo, y eso incluso elimina todas las supuestas carencias materiales, pues hace innecesarias un montón de cosas que supuestamente debemos tener.

Yo debo agradecer a la vida y a mis padres que no crecí con el complejo de la carencia, y que nunca llegué a sentirme menos persona en mi niñez por no tener algunos privilegios que sí tenían mis amiguitos de juego. También por esa razón me es claro que no es “natural” eso de estarse comparando y sintiéndose mal por tener o no tener algo.

Me es grato ver también varios artículos que apelan en lugar del juicio al apoyo, a brindar información. Y claro, de eso se trata, de aprender a compartir pero también de aprender a respetar cuando otra persona toma una decisión, sea informada o sea porque claramente no le importa informarse e igual ha decidido. Claro, no falta el que quiere pescar en río revuelto –como Similac– pero creo que si aprendemos a vernos más como una hermandad, a compartir información, con respeto, sin pretender ser mejor que el otro, nos salimos un poco de la competitividad, de ver cuál se ha desarrollado mejor para encajar más perfectamente en el molde del sistema. Es difícil salirse de ese discurso, y en muchos guetos se cae fácilmente en la posición etno-egocéntrica de creer que se tiene la verdad absoluta. Por poner un ejemplo muy simple, es fácil para un vegano condenar todo tipo de muerte animal para alimentación humana cuando miles de tribus viven de la caza incluso de especies en vía de extinción, pero no es una caza como la nuestra, masificada, de todos los días, incluso para muchos es una ocasión muy pero muy eventual, que implica ritual de sacrificio.

Esa constante competencia es incluso hiriente.

El reto es grande. Por mi parte, como defensora de la lactancia materna -ahora declarada-, día a día trato de buscar la forma de explicar los beneficios de la misma, pero de saber callar cuando alguien simplemente no quiere, informar sobre relactación a quien quiere lograrlo, y animar y facilitar información a quien quiere lactar, pero no puede (por ejemplo por medicaciones contraindicadas para la lactancia, ej. SIDA o Cáncer.). Digo que trato, porque no siempre lo logro, o no con la precisión y tacto que quisiera, pero bueno, para ayudar a cambiar el mundo primero hay que cambiarse a sí mismo, creo yo, y en esas estamos.

Uno como padre celebra como una victoria cada paso de su hijo, es fascinante y emocionante ver cómo aprenden a explorar el mundo, cada uno a su modo, todos tan diferentes… ¿Por qué obligarlos a comportarse iguales? ¿por qué no entender que cada niño es un universo, diferente al otro?

La plastilina.

Sin el ánimo de ofender, pues no faltará quien acuse de “conspiracionista” este post, en el sentido despectivo de la palabra. Para mí ya es claro que el modelo de desarrollo, el capitalismo como tal, es lo que está degradándonos social y ambientalmente día a día. Es un sistema que debería estar condenado a desaparecer en el corto plazo por algo diferente, y ojalá mejor. Algo que piense en el otro como un compañero y no como la competencia sobre la cual hay que pasar, algo que piense en la tierra como el mundo complejo en el que vivimos y del que no somos amos y señores, sino simplemente una parte más, algo que nos permita educarnos desde la primera infancia para resolver los reales problemas del mundo: la pérdida de la biodiversidad, la degradación de los ecosistemas, la sobrepoblación, la inequidad, la homogenización cultural impuesta,etc.

Si partimos de un principio en el que la meta es acumular riqueza y no ser personas felices, vivir bien (buen vivir), necesariamente nos involucramos en la dinámica de ser mejores que, de competir, de “desarrollarnos” basados en los estándares del que más poder tiene, perdemos la autonomía, la capacidad de pensar siquiera un modelo diferente, o de ver más allá de ese desarrollo.

Lamentablemente ese modelo está en todo nuestro alrededor, en las noticias, en los discursos que financian la ciencia que luego los reafirma -en la mayoría de los casos-, en la educación institucional, en el control social, la legislación, etc. Y hay que aprender a leerlo entre líneas, así como el buen Poe descifró el misterio de Marie Roget leyendo periódicos, a veces es muy evidente, otras veces no.

Coda:

Celebro por supuesto que la lactancia por más de dos años sea cada vez menos satanizada (por ejemplo), celebro que la lactancia sea vista cada día menos como un misterio que deba avergonzarnos y en su lugar se entienda como algo POSIBLE, algo importante, especial. La maternidad es también un acto político, definitivamente.

Nota: Sugiero complementar la lectura con los enlaces resaltados en azul.

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