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Perspectivas

20 junio 2013

No se si a todos les pasa, creo que es probable, que en cierto momento de su vida se detienen y piensan cómo hubiese visto o sentido esa situación uno mismo años atras.

Por ejemplo, en mi adolescencia me preguntaba (pues, entre otras mil preguntas) qué tenía yo de malo y por qué sentía que no le gustaba a ningún chico, era esa que permanecía en silencio mientras las demás hablaban sobre sus novios y hasta esposos.

Supongo que lo que dolía era en realidad el ego, el sentir que uno no era menos que nadie y que, en ese orden de ideas, uno también tenía derecho a gustarle a alguien, o algo así. Eso de las cartitas de cumplir meses, los aniversarios, el listado de ex, y demás, era para mí un misterio.

Viajando un poco más atrás, a la niñez, debo decir que tenía ideas muy parecidas a mi hoy, es decir, esa niña amante de la naturaleza que se veía en un futuro “estudiando algo sobre ciencias” y que, curiosamente, no se veía con familia (esposo, hijos, etc), sino sola y con una bonita casa en el campo. Debo admitir que me gusta mucho más parecerme a mi yo infantil que a mi yo adolescente (y sí, sigo soñando una bonita casa en el campo).

Todo esto llegó a la mente cuando pensé que si mi yo adolescente me viese rechazando varias propuestas de compañía se molestaría mucho conmigo, y maś con las propuestas, pues mi yo adolescente era un poco más superficial.

Quizás simplemente sea eso, que uno va viviendo sus etapas, ya no temo no gustarle a nadie, pues además de que gusto, yo me gusto en un buen porcentaje (gustarse por completo es una postura algo conformista, creo yo), temía haber cambiado demasiado en los últimos años, pero al compararme con muchas de mis ideas en la niñez, veo que el cambio no ha sido tan radical, y creo que es bueno, es grato no matar la niñez en muchos aspectos, en especial uno: no perder la capacidad de sorprenderse.

Es claro que nada de eso lo exime a uno de tropezarse nuevamente, y uno siempre es susceptible de cambiar de parecer, pero cada tropiezo ayuda a autofortalecerse, si uno no huye de los pensamientos que atormentan y los enfrenta. La capacidad de sorprenderse es -a mi parecer- todo lo contrario a acostumbrarse, y aunque suene muy obvio, no está de más tenerlo en cuenta, más si pensamos en un contexto adaptativo en el cual el hombre termina siendo un “animal de costumbres”, no debería uno acostumbrarse a algo estático, sino esforzarse por estar en contínuo movimiento, es tal vez la mejor manera de derrotar el tedio, el tedio es la forma de vida más cercana a la muerte.

Ahora lo que más valoro es la calma, después de tanto tiempo de angustia era algo un poco necesario, esa calma de ir acercándose poco a poco a eso que uno un día pensó que, coherentemente con sus ideas, debería hacer. Pero viendo esa calma como una calma alegre, sonriente, danzante.

Simplemente eso, y seguir, seguir caminando, y, cuando uno menos lo piensa, se encuentra con un camino resignificado, que en lugar de sacar lágrimas roba sonrisas.

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